El apagón que no apaga el debate: cuando Kantar calla y Intxaurrondo gana sin emitir Hay cosas que parecen sacadas de un sketch de El Intermedio: un programa de TVE se queda en cortinillas corporativas durante 20 minutos —ni siquiera en negro, que sería más digno—, y sin embargo, la audiencia no solo no se va, sino que sube.
Sí, como lo lees. Mientras Antena 3 y Telecinco sudaban tinta en sus Espejo Público y La Mirada Crítica, La hora de la 1 de Silvia Intxaurrondo se ancló en el liderazgo con un 14% de share (y hasta llegó al 15,7% en el clímax del apagón, a las 08:23, hora en la que hasta el más despistado habría cambiado de canal si no fuera por inercia o masoquismo ideológico). Kantar Media —ahora Fifty5Blue, porque hasta el nombre suena a startup de Silicon Valley que nunca ha visto un planning de televisión— guarda un silencio más elocuente que las cortinillas de TVE.
Cinco días después del blackout del 15 de mayo (entre las 08:09 y las 08:28, cuando La 1 y el Canal 24 horas se quedaron sin señal), la empresa de medición de audiencias no ha emitido ni un comunicado, ni una nota técnica, ni un tuit con cara de póker. ¿Distorsión? ¿Error de audímetro? ¿O simplemente la confirmación de que, en la España polarizada, la fidelidad a la marca TVE —especialmente en su franja más progres— es más fuerte que el sentido común? Los datos, fríos como un café solo de bar de toda la vida, son estos: antes del apagón, Intxaurrondo arrasaba con un 20,4% de cuota.
Durante el cutre de cortinillas, el share se desplomó... hasta el 14%. Y cuando volvió la señal, no solo no se fue a pique, sino que se mantuvo en el podio. ¿Magia? No, ingeniería social: hay un 13-14% de la audiencia que, o está tan enganchada a la idea de ver (o no ver) a Intxaurrondo como un adicto a la heroína a su dosis matutina, o simplemente tiene la tele puesta de fondo mientras se toma el primer café, como esos bares que dejan la cadena pública como música de ambientación para no perder el hilo con el mundo. Pero hay más: los expertos del sector —esos mismos que defienden a Kantar como si fuera la Virgen de la Macarena— sacan a relucir la polarización como excusa perfecta.
Resulta que en la España del 2024, donde hasta el pan tiene ideología, el público más escorado a la izquierda se aferra a TVE como un peñero a su botella de txakoli. Y no es solo Intxaurrondo: el programa de Ana Rosa Quintana en Telecinco ha registrado ceros técnicos en Cataluña, demostrando que los audímetros de Kantar tienen lagunas tan grandes como el agujero de la capa de ozono.
¿Casualidad? No, queridos: es el precio de medir audiencias en un país donde el share es tan político como el bote de la lotería. TVE, por cierto, no fue a negro: emitieron cortinillas corporativas, como si el apagón fuera un reality show de Supervivientes y no un fallo técnico.
Los insiders del sector lo comparan con un corte publicitario, aunque sin publicidad de por medio. ¿Y los anunciantes? Ellos, que pagan por cada ojo que mira, deben estar celebrando en silencio: si hasta con pantalla en blanco ganas, imagínate con contenido. Pero Kantar, en lugar de aclarar el misterio, prefiere hacer mutis por el foro, como un camarero que se larga cuando le pides la cuenta. La moraleja callejera: en la España actual, la audiencia no se va de un programa de TVE ni aunque le pongan un documental sobre el IVA.
Es la fidelidad del aficionado al fútbol que sigue al equipo aunque pierda 0-5: porque es suyo, coño. Y mientras Kantar sigue callada, el espectáculo continúa —con datos, cortinillas y un público que, o es de piedra, o tiene el remote escondido bajo el sofá.
Crítica:
El artículo destripa la hipocresía del sistema con datos, pero se queda corto al no cuestionar por qué TVE no asume que su audiencia es un rebaño fiel a la marca, no al contenido. Además, el silencio de Kantar huele más a encubrimiento que a 'error técnico'—y nadie profundiza en si esto es un scandal o un feature del modelo de medición español. Como si el blackout fuera un reality: todos saben que hay trampa, pero nadie apaga la tele.
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