Mientras el precio de la luz sigue siendo un misterio y tu recibo de la compra te da un infarto, en Valencia han montado una 'empadronadora' de lujo. Dos individuos, uno de 38 y otro rozando los 60 (la vida da curvas), se dedicaban a alquilar papeles, literalmente. ¿Cómo? Empadronando hasta 18 almas –doce de ellas foráneas– en un piso que, por lo visto, ni siquiera tenía luz ni agua corriente.
Un lujo, vamos. Y no, no era un piso piloto de arquitectura sostenible. La tarifa, según la desesperación y la necesidad de regularizar la situación, oscilaba entre 150 y 800 euros por 'empadronamiento express'. Un sablazo, dirían algunos. La Policía Nacional, que no vive en Marte, detectó la anómala concentración de 'residentes' en El Puig y desmanteló el chiringuito.
El dueño del piso, el cerebro de la operación, se lucró a costa de la vulnerabilidad de quienes buscaban un resquicio legal. El otro detenido, un intermediario, hacía las veces de 'agente inmobiliario' de la desesperación. Ahora están libres, con la obligación de presentarse ante el juez cuando les llamen, mientras la investigación intenta rastrear hasta dónde llegaba esta red de 'arraigo exprés'.
Porque, claro, en España, si no demuestras dónde vives, ¿cómo vas a demostrar que llevas viviendo aquí años? La lógica, a veces, es un concepto flexible.
Crítica:
La noticia es un síntoma, no la enfermedad. Se enfoca en los 'peces pequeños' mientras la raíz del problema –la lentitud y complejidad de los procesos de regularización– queda impune. El titular, aunque llamativo, podría considerarse sensacionalista.
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