Doñana, el paraíso natural que nos vendieron a bombo y platillo, se está convirtiendo en el buffet libre del jabalí. Los mismos que aplaudieron la prohibición de la caza, ahora miran con el ojo lloroso cómo sus aves protegidas son convertidas en tentempiés por estos 'cerdos con pezuñas'.
¡La ironía, señores, es la sal de la tierra!
Aquellos ecologistas de Ecologistas en Acción y SEO/BirdLife, adalides de la 'vida salvaje a toda costa', ahora denuncian que el morito común y la garza imperial, especies que ya coqueteaban con la extinción en los 90, están viendo sus nidos arrasados.
Parece que la naturaleza, esa que tanto profesan, tiene un sentido del humor bastante retorcido. ¿Quién lo diría que la ausencia de cazadores convertiría Doñana en un 'macrobio' para jabalíes?
El precio a pagar por esta 'conservación a ciegas' lo están sufriendo también la gaviota picofina, la cigüeñuela, el fumarel cariblanco y la canastera.
Nidos en la marisma, antes refugios seguros, ahora son escenarios de auténticos 'saqueos' por parte de estos invasores. La Federación Andaluza de Caza, por supuesto, no ha tardado en clavar el diente: “Ideología por encima de la conservación”. Un 'zasca' que duele, porque es cierto.
En resumen, se ha demostrado que la gestión de la fauna no es cosa de dogmas, sino de equilibrio.
La naturaleza no entiende de buenas intenciones, solo de cadenas tróficas y control poblacional. Y en Doñana, el debate ya no es si se caza o no, sino cómo evitar que el jabalí convierta el parque en su propia granja.
Crítica:
El artículo cae en la tentación de simplificar un problema complejo. Aunque apunta a la hipocresía de algunos ecologistas, no profundiza en las causas subyacentes de la superpoblación de jabalíes ni en las posibles soluciones. El título es, sin duda, sensacionalista.
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