La AEPD: más poder, menos pasta y un caos digital
La AEPD: el cuerpo de bomberos que apaga incendios con una manguera de juguete.
Mientras el mundo digital arde —con inteligencia artificial que devora datos como un glotón en un buffet gratuito, brechas de seguridad que afectan a cientos de millones de personas y reclamaciones que se disparan un 65%—, la Agencia Española de Protección de Datos (AEPD) se debate entre dos realidades: una, la de un organismo con más competencias que un superhéroe en crisis de identidad (ahora regula desde el RGPD hasta el Reglamento Europeo de IA, pasando por datos sanitarios), y otra, la de una plantilla que, con 20 o 25 empleados menos de los que necesita solo para la IA, parece un negocio familiar intentando gestionar el caos de un Black Friday sin refuerzos.
Lorenzo Cotino, presidente de la agencia, lo dejó claro en la presentación de la Memoria 2025: «No tiene sentido perder recursos en cuestiones con muy bajo impacto». Traducción callejera: «Tenemos que elegir entre ahogarnos o ahogar a otros». Priorizar lo «importante» suena bien hasta que te das cuenta de que, con un 40% menos de personal (sí, como leer un manual de 500 páginas con un café frío), lo «importante» se convierte en un castillo de naipes que se viene abajo con el primer soplo de viento digital. Mientras, 50 millones de euros en sanciones en 2025 —principalmente contra internet, hostelería y transporte— demuestran que el dinero sí fluye… pero solo hacia los bolsillos de las empresas, no hacia los equipos que deberían vigilar que no te roben la identidad como si fuera un móvil en un bar.
La IA, ese elefante en la sala (y en los servidores). Cotino advirtió: «El uso de IA es masivo y muchos sistemas violan la normativa». Pero, ¿cómo supervisar algo que crece más rápido que un influencer en TikTok si ni siquiera tienes personal suficiente para lo básico? La solución: «actuaciones de oficio» (o sea, ir a por el pescado grande cuando ya está podrido). Mientras, empresas como Meta, Google o las fintechs siguen jugando al truco con tus datos personales, y la AEPD, en vez de un escudo, parece un paraguas roto en medio de un aguacero.
El ahorro que huele a timo. Y como si fuera poco, la agencia se muda de sede «para ahorrar un 40%». ¡Vaya ironía! Mientras el Estado les niega presupuesto, Cotino justifica el traslado como un «paso moderno». ¿Modernidad? Más bien parece el desguace de un coche que ya no aguanta el ritmo. El edificio actual, con sus costes, era el coche de segunda mano que, aunque oxidado, cumplía. El nuevo, según prometen, será «más eficiente»… aunque con la misma gasolina y el mismo conductor exhausto.
Datos que duelen. Las cifras no mienten, pero aquí van traducidas al lenguaje de la calle:
- 65% más reclamaciones en 2025 → Como si tu lista de la compra se hubiera convertido en un pedido de Amazon Prime con 100 artículos extra y el repartidor en huelga.
- 20-25 empleados faltan solo para la IA → Equivale a contratar a medio equipo de fútbol para vigilar que el árbitro no se duerma en el partido.
- 50 millones en sanciones → Dinero que podría haber servido para contratar a esos 25 empleados y aún sobraría para un café.
- Brechas que afectan a cientos de millones → Como si cada español tuviera tres tarjetas de crédito robadas en un solo año, y solo te avisaran cuando ya es demasiado tarde.
El colmo: Francisco Pérez Bes, adjunto de la AEPD, admitió que la mitad de los ciberataques tienen un factor humano. Traducción: «La gente sigue clicando en enlaces como si fuera el año 2005». Pero, ¿dónde está la campaña de concienciación masiva? ¿El presupuesto para talleres? Nada. Porque, como dijo Cotino: «Estamos en un país sin presupuestos». O, mejor dicho, «en un país donde los presupuestos son como el tiempo: siempre prometen lluvia y al final te mojas».
La moraleja digital. Mientras las grandes tecnológicas facturan miles de millones con tus datos, la AEPD —el perro guardián— se las apaña con menos recursos que un autónomo en su primer año. La inteligencia artificial avanza a velocidad de tren de alta velocidad, pero el organismo que debería regularla va a paso de abuelo con bastón. Y lo peor: nadie parece tener prisa por arreglarlo. Porque, al final, ¿quién va a quejarse si el sistema sigue funcionando… aunque sea como un WhatsApp sin conexión a internet?
Purificación Moya