Crítica:
Se centra demasiado en el 'boom' y poco en el contexto geopolítico. Podría haber profundizado en las implicaciones de la competencia China-EEUU. El título es un poco sensacionalista.
Se centra demasiado en el 'boom' y poco en el contexto geopolítico. Podría haber profundizado en las implicaciones de la competencia China-EEUU. El título es un poco sensacionalista.
La Vía Láctea, como una casa con cortinas corridas, nos ha estado ocultando un vecindario entero. Durante décadas, los astrónomos sospecharon que algo colosal se escondía tras la densa nube de polvo de nuestra galaxia, esa 'Zona de Evitación' donde los telescopios ópticos ven las hombreras de un fontanero. Ahora, gracias al radiotelescopio MeerKAT en Sudáfrica, el supercúmulo Vela –descubierto tardíamente en 2016– ha salido a la luz. Estamos hablando de una masa de 30 mil billones de veces la del Sol (3 x 10¹⁶), a 800 millones de años luz de distancia y con una extensión de 300 millones de años luz. ¡Casi nada! Renée Kraan-Korteweg, la 'detective' de este caso cósmico, lo describió como un 'fantasma' que solo se podía intuir. Más de 2.000 galaxias previamente invisibles han aparecido en el mapa, revelando dos núcleos densos que se acercan entre sí en una danza gravitatoria a escala inimaginable. MeerKAT, en lugar de buscar luz (que el polvo bloquea), rastrea el hidrógeno neutro, una señal de radio que se cuela entre las sombras. Es como buscar a alguien en la oscuridad con un sonar, no con los ojos. Esta nueva cartografía no solo nos dice dónde están las galaxias, sino también dónde podrían nacer nuevas estrellas, marcando los futuros 'hotspots' de la creación cósmica. El descubrimiento de Vela no es solo un añadido al mapa, es una corrección fundamental. Durante años, la 'Zona de Evitación' se consideró un desierto cósmico, un rincón sin interés. Error. Vela influye en la velocidad a la que se mueve nuestra propia galaxia, la Vía Láctea, a unos 2,2 millones de km/h, resolviendo un viejo misterio sobre las fuerzas gravitatorias que nos empujan. Y si Vela se escondía a plena vista, ¿cuántos otros 'barrios' cósmicos nos faltan por descubrir? El futuro, con el Square Kilometre Array (SKA), promete desvelar el resto.
Mientras algunos intentan cuadrar las cuentas de fin de mes, a 30 millones de años luz de distancia, la galaxia M63, alias 'Girasol', se luce sin preocuparse por el sablazo de la inflación. Esta 'flor' cósmica, visible esta noche, es un espectáculo para telescopios modestos, aunque sus brazos espirales son más esquivos que encontrar un aparcamiento en hora punta. A 5.3 grados al noreste de Cor Caroli, la estrella alfa de Canes Venatici, la M63 se presenta con un núcleo brillante y un halo difuso de unos 3 minutos de arco. Los expertos la clasifican como 'flocculenta', o sea, 'despeinada' para los que no hablan el idioma de los astrofísicos. El amanecer se pospone hasta las 5:32 AM, dándonos unas pocas horas para contemplar este espectáculo antes de que la luz del sol lo eclipse. El sol se despide a las 8:27 PM, dejando paso a una luna menguante gibosa al 53%, que saldrá a las 12:53 AM y se ocultará al mediodía. Datos fríos, lo sé, pero piensen que mientras nosotros nos quejamos de la hora punta, esta galaxia viaja a la velocidad de la luz, con una calma olímpica. Cor Caroli, con su magnitud de 2.9, parece un faro comparado con la M63 (magnitud 8.6), pero ambos comparten el mismo vecindario cósmico, a unos 30 millones de años luz. Un viaje en coche que tardaríamos un poco en hacer, incluso con el combustible a precio de saldo. Y todo esto, desde la comodidad de nuestro hemisferio norte, con coordenadas 40° N 90° W. La astronomía, señoras y señores, es el lujo de contemplar la inmensidad sin tener que pagar impuestos intergalácticos.
Alice Roberts, la anatomista que se enamoró de la evolución, nos recuerda una verdad incómoda: somos animales. No animales cualquiera, claro. Somos la especie que, con una mezcla de astucia y arrogancia, ha conquistado cada rincón del planeta, desde la selva hasta el Ártico. Roberts, profesora en la Universidad de Birmingham y prolífica divulgadora científica, lo explica con la paciencia de quien disecciona un corazón de cordero (y descubre más similitudes con el humano de lo que querríamos admitir). Retrocedamos 360 millones de años, cuando los peces decidieron que caminar tenía su aquel. Observen sus brazos y piernas: herencia directa de esos primeros anfibios. Y qué decir del cerebro, ese órgano que nos hace únicos… o quizás no tanto. Porque incluso un Homo floresiensis, ese “hobbit” indonesio con un cráneo del tamaño de un pomelo, era capaz de fabricar herramientas. La doctora Roberts, tras examinar los fósiles en Yakarta, sintió un escalofrío. ¿Cómo explicar que un cerebro tan pequeño pudiera lograr semejante hazaña? La clasificación científica, confiesa, a veces le genera “incomodidad”, sobre todo cuando se basa en datos fragmentarios. La clave, según Roberts, está en las redes sociales. No, no en Instagram. En las conexiones que permitieron a nuestros ancestros compartir recursos y sobrevivir a los momentos duros. Un “sablazo” en la economía familiar se soluciona mejor si tienes a alguien a quien pedir ayuda. Hoy, con más de 20 especies de homínidos descubiertas, la pregunta ya no es por qué sobrevivimos nosotros, sino por qué desaparecieron los demás. La paradoja es que, mientras renegamos de nuestro origen animal, nuestra inteligencia y tecnología nos hacen “utterly exceptional”. La moraleja, en tiempos de crisis climática y arrogancia tecnológica, es que somos parte de la naturaleza, y si la destruimos, nos destruimos a nosotros mismos. Como diría la abuela: no muerdas la mano que te alimenta.
Silvia Park nos lanza 'Luminous', una novela que, según el club de lectura de New Scientist, es un viaje a un futuro no tan lejano donde los robots ya son parte de la familia (y de la terapia, parece). La crítica está dividida: algunos la encuentran una exploración sensible del amor y la pérdida, otros un galimatías con demasiadas ideas sueltas. En el corazón de la historia, una Corea reunificada sirve de telón de fondo para tres tramas entrelazadas: un detective buscando una robot adolescente desaparecida, un grupo de chavales encontrando un robot abandonado en un desguace y una familia rota por la desaparición de un robot hermano. El libro, que empezó siendo un cuento infantil, se ha convertido en algo 'mucho más oscuro', según la propia Park, quien, por cierto, ya está pensando en sirenas caníbales para su próximo proyecto. TheGosia aplaude la representación positiva de la modificación biónica (quién no querría un cuerpo nuevo, más funcional, si la ocasión lo permitiera), mientras que Exoi se maravilla con la densidad de ideas y temas. Alan_P, en cambio, pide un manual de instrucciones: “¿Qué demonios estaba pasando?”. Matthew, por su parte, lo achaca a una trama lenta y predecible. La comparación con Iain M. Banks (el rey de los robots inteligentes) es inevitable, aunque Park parece tener su propio estilo, más centrado en las emociones humanas que en los circuitos integrados. La novela, publicada en mayo de 2026, plantea preguntas incómodas sobre la realidad, la conexión humana y, sobre todo, el precio de la obsolescencia programada… tanto en máquinas como en personas.
La búsqueda del origen de la vida nos lleva, paradójicamente, a replantear qué es la vida. Gilles Emerard, en su libro 'Togetherness', desmantela la narrativa darwiniana de la competencia despiadada, revelando que la simbiosis – la colaboración entre especies – es la verdadera arquitecta de la complejidad biológica. Olvídate del individuo luchando por sobrevivir; piensa en el liquen, ese matrimonio entre alga y hongo, como el modelo original. Y mientras Darwin especulaba sobre “calentitos charcos” primigenios, la ciencia moderna apunta a las profundidades oceánicas, a las chimeneas hidrotermales donde la química prebiótica jugueteaba con la posibilidad de la vida. Nick Lane, de University College London, y su equipo no buscan recrear el Génesis, sino imitar las condiciones de estas chimeneas, descubriendo que las reacciones metabólicas, esas chispas de energía que alimentan la vida, surgen espontáneamente, incluso sin la programación genética. Es como si las moléculas tuvieran una agenda propia, buscando su “estado de reposo” químico, tal como una pelota rueda cuesta abajo. La clave no es solo la replicación del material genético (ADN, ARN), sino la cooperación inicial, un “baile” molecular previo a la partitura genética. Freeman Dyson, inspirado por Lynn Margulis, sugirió que la vida tuvo dos orígenes: las protocélulas metabólicas y el ARN replicador, fusionándose en un acto simbiótico. Ahora, los laboratorios están probando estas ideas, encontrando que incluso secuencias aleatorias de RNA pueden generar funciones básicas, abriendo la puerta a la selección natural. Y las muestras de asteroides como Ryugu y Bennu confirman que los componentes básicos de la vida – los nucleobases – son ubicuos en el cosmos, sugiriendo que la vida, tal como la conocemos, podría ser una constante universal, quizás incluso… un poco aburrida por su similitud. Encelado, una luna de Saturno con chimeneas hidrotermales, se perfila como un nuevo laboratorio cósmico. La vida no es una creación aislada, sino una consecuencia inevitable de las leyes de la química, un proceso de autoensamblaje impulsado por la termodinámica y la colaboración.
El verano se acerca y con él, el zumbido incesante de los mosquitos. Durante décadas, el repelente ha sido nuestro escudo, un pacto de no agresión firmado con un olor que, al parecer, ya no convence a las nuevas generaciones de vampiros alados. Un estudio publicado en el Journal of Experimental Biology revela que el Aedes aegypti, el mosquito responsable de la fiebre amarilla, el dengue y el zika, ha desbloqueado un nuevo nivel: aprender a amar el repelente. No, no es una broma. Lo que antes era una señal de peligro, una barrera olfativa de N,N-Dietil-meta-toluamida, ahora se interpreta como un cartel de “buffet libre”. Los investigadores, en un laboratorio más controlado que mi lista de la compra, expusieron a los mosquitos a recompensas (azúcar, en este caso) en presencia del repelente. El resultado: más del 60% de los mosquitos, tras la 'clase de repitición', se dirigió directamente al olor, ignorando su función original. Es como si les hubiéramos enseñado a que, después de la colonia, viene el festín. Esto no es nuevo. En 2013, ya se detectó que los mosquitos desarrollaban tolerancia al DEET, ignorándolo después de tres horas. Ahora, entendemos el 'por qué': una reprogramación neuronal. La clave está en la recompensa. Si el mosquito encuentra la sangre (o el azúcar) después de superar la barrera del repelente, su cerebro asocia el olor con la satisfacción. El mundo real, sin embargo, es menos predecible. Un mosquito sin 'premio' tras el esfuerzo, probablemente se irá frustrado, aunque la plasticidad cerebral de estos insectos nos obliga a replantearnos las estrategias de salud pública. No estamos hablando solo de picaduras molestas, sino de la transmisión de enfermedades graves como el paludismo o el zika. La próxima vez que te apliques repelente, recuerda: podrías estar invitando a una fiesta.
La vida, la muerte y un startup llamado Bexorg. ¿Suene a trama de ciencia ficción barata? Pues no tanto. Esta gente extrae cerebros humanos, recién “cosechados” – sí, de personas que hace poco dejaron este mundo – y los conecta a máquinas que los mantienen… digamos, en una especie de limbo biológico. No hay actividad cerebral consciente, aseguran, pero tampoco están del todo apagados. Imagina tu cerebro, después de una jornada infernal, conectado a un respirador artificial y recibiendo una dosis regular de propofol, solo para que una empresa farmacéutica pueda probar sus nuevos fármacos. ¿Te suena a planazo de fin de semana? El CEO de Bexorg, Zvonimir Vrselja, lo vende como la oportunidad de usar cerebros con “60 u 80 años de historia” para pruebas más realistas que las que ofrecen los pobres ratones de laboratorio. Bruna Bellaver, de la Universidad de Pittsburgh, lo celebra como un “gran paso adelante”. Mientras tanto, nosotros nos preguntamos si el sablazo moral es demasiado grande. Biohaven ya ha usado 130 de estos cerebros para experimentar con fármacos contra el Parkinson, y planean más ensayos. ¡Negocio redondo! La cosa no acaba ahí. Después de 24 horas en la máquina BrainEX, el cerebro se convierte en piezas para analizar. La idea es procesar hasta 1.600 cerebros al año con un brazo robótico. Mientras el debate ético se enreda, Bexorg sigue adelante, porque, al fin y al cabo, la ciencia no espera a que te resuelva la conciencia. Y, claro, hay que amortizar la inversión en máquinas de soporte vital para cerebros.
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