Crítica:
El artículo es exhaustivo, pero adolece de falta de contexto sobre la importancia de comprender la distribución de la materia oscura. El título, aunque llamativo, podría ser más preciso.
El artículo es exhaustivo, pero adolece de falta de contexto sobre la importancia de comprender la distribución de la materia oscura. El título, aunque llamativo, podría ser más preciso.
La física, esa materia que te hace sentir estúpido solo con pensarla, nos trae una nueva paradoja. Resulta que los fotones, esas partículas de luz que alimentan tu obsesión con el móvil, son aún más rebeldes de lo que creíamos. Intentar 'cortar' uno (como si fuera un salami cuántico) no lo reduce, sino que lo multiplica infinitamente. Sí, has leído bien. Infinitamente. Mientras tú luchas por no superar el límite de datos de tu tarifa, los fotones se reproducen como conejos. El experimento, que suena a trama de ciencia ficción barata, viene a confirmar que los fotones son, efectivamente, partículas elementales, indivisibles. Como una unidad, un ‘todo’ que se niega a ser fragmentado. Esto, según los expertos (que seguramente ya están pensando en cómo monetizarlo), desafía nuestra comprensión del universo. En el mundo real, si le quitas un trozo a una tarta, la tarta es más pequeña. En el mundo cuántico, si le quitas un trozo a un fotón, tienes… más fotones. Es como intentar robarle a un banco y que te den más dinero por la molestia. La investigación, publicada (seguramente en una revista que nadie entiende) por New Scientist el 30 de mayo de 2026, recuerda a la mitología griega: el monstruo Hidra, al que se le cortaba una cabeza para que le crecieran dos más. Solo que aquí el monstruo es la luz, y en lugar de cabezas, son fotones. Y la empresa Facebook/Meta, dueña de todo lo visible, seguramente ya está pensando en cómo aplicar esto a sus algoritmos. ¿Un anuncio que se multiplica infinitamente en tu timeline? Preparaos. Y todo porque un tal Muhammad Fawaid, con una cámara, capturó la esencia de lo incomprensible.
Mientras algunos intentan cuadrar las cuentas de fin de mes, a 30 millones de años luz de distancia, la galaxia M63, alias 'Girasol', se luce sin preocuparse por el sablazo de la inflación. Esta 'flor' cósmica, visible esta noche, es un espectáculo para telescopios modestos, aunque sus brazos espirales son más esquivos que encontrar un aparcamiento en hora punta. A 5.3 grados al noreste de Cor Caroli, la estrella alfa de Canes Venatici, la M63 se presenta con un núcleo brillante y un halo difuso de unos 3 minutos de arco. Los expertos la clasifican como 'flocculenta', o sea, 'despeinada' para los que no hablan el idioma de los astrofísicos. El amanecer se pospone hasta las 5:32 AM, dándonos unas pocas horas para contemplar este espectáculo antes de que la luz del sol lo eclipse. El sol se despide a las 8:27 PM, dejando paso a una luna menguante gibosa al 53%, que saldrá a las 12:53 AM y se ocultará al mediodía. Datos fríos, lo sé, pero piensen que mientras nosotros nos quejamos de la hora punta, esta galaxia viaja a la velocidad de la luz, con una calma olímpica. Cor Caroli, con su magnitud de 2.9, parece un faro comparado con la M63 (magnitud 8.6), pero ambos comparten el mismo vecindario cósmico, a unos 30 millones de años luz. Un viaje en coche que tardaríamos un poco en hacer, incluso con el combustible a precio de saldo. Y todo esto, desde la comodidad de nuestro hemisferio norte, con coordenadas 40° N 90° W. La astronomía, señoras y señores, es el lujo de contemplar la inmensidad sin tener que pagar impuestos intergalácticos.
La semana espacial ha comenzado con un batacazo. Un batacazo literal. El cohete New Glenn de Blue Origin, el que debía llevar astronautas americanos de vuelta a la Luna en 2028, ha explotado durante una prueba. Un “boom” que ha puesto en jaque el plan de la NASA y ha reabierto la carrera espacial con China. Y mientras tanto, los unos siguen probando cohetes (Starship V3, con la FAA echándole un ojo), y los otros venden maquetas del Falcon 9 por 150 dólares. ¡El capitalismo espacial, señores! La explosión, que afortunadamente no causó víctimas, ha dejado la base de lanzamiento LC36 hecha trizas. El plan original era que Blue Origin, con su módulo lunar Blue Moon, fuera el encargado de depositar a los astronautas en la superficie lunar para Artemis 4. Ahora, la cosa se complica. La NASA se enfrenta a un dilema: confiar en una empresa con un historial reciente de explosiones o ver cómo China se adelanta en la conquista lunar, con planes ambiciosos para 2030 y una determinación de hierro. Mientras, SpaceX sigue testando su Starship, aunque la FAA le ha puesto freno tras el último vuelo. Un pequeño contratiempo, sin duda. Rod Pyle y Tariq Malik, los presentadores del podcast “This Week In Space”, se han dedicado a diseccionar el desastre y analizar las implicaciones. Un podcast que, por cierto, lleva informando sobre la nueva era espacial desde 1999, con un equipo de periodistas apasionados. Y mientras la NASA se rasca la cabeza, los aficionados al espacio pueden comprarse una réplica del Falcon 9 para sentirse un poco más cerca de las estrellas. ¿Ironía o realidad? En el espacio, como en la vida, siempre hay un plan B (y una maqueta a escala).
Alice Roberts, la anatomista que se enamoró de la evolución, nos recuerda una verdad incómoda: somos animales. No animales cualquiera, claro. Somos la especie que, con una mezcla de astucia y arrogancia, ha conquistado cada rincón del planeta, desde la selva hasta el Ártico. Roberts, profesora en la Universidad de Birmingham y prolífica divulgadora científica, lo explica con la paciencia de quien disecciona un corazón de cordero (y descubre más similitudes con el humano de lo que querríamos admitir). Retrocedamos 360 millones de años, cuando los peces decidieron que caminar tenía su aquel. Observen sus brazos y piernas: herencia directa de esos primeros anfibios. Y qué decir del cerebro, ese órgano que nos hace únicos… o quizás no tanto. Porque incluso un Homo floresiensis, ese “hobbit” indonesio con un cráneo del tamaño de un pomelo, era capaz de fabricar herramientas. La doctora Roberts, tras examinar los fósiles en Yakarta, sintió un escalofrío. ¿Cómo explicar que un cerebro tan pequeño pudiera lograr semejante hazaña? La clasificación científica, confiesa, a veces le genera “incomodidad”, sobre todo cuando se basa en datos fragmentarios. La clave, según Roberts, está en las redes sociales. No, no en Instagram. En las conexiones que permitieron a nuestros ancestros compartir recursos y sobrevivir a los momentos duros. Un “sablazo” en la economía familiar se soluciona mejor si tienes a alguien a quien pedir ayuda. Hoy, con más de 20 especies de homínidos descubiertas, la pregunta ya no es por qué sobrevivimos nosotros, sino por qué desaparecieron los demás. La paradoja es que, mientras renegamos de nuestro origen animal, nuestra inteligencia y tecnología nos hacen “utterly exceptional”. La moraleja, en tiempos de crisis climática y arrogancia tecnológica, es que somos parte de la naturaleza, y si la destruimos, nos destruimos a nosotros mismos. Como diría la abuela: no muerdas la mano que te alimenta.
Silvia Park nos lanza 'Luminous', una novela que, según el club de lectura de New Scientist, es un viaje a un futuro no tan lejano donde los robots ya son parte de la familia (y de la terapia, parece). La crítica está dividida: algunos la encuentran una exploración sensible del amor y la pérdida, otros un galimatías con demasiadas ideas sueltas. En el corazón de la historia, una Corea reunificada sirve de telón de fondo para tres tramas entrelazadas: un detective buscando una robot adolescente desaparecida, un grupo de chavales encontrando un robot abandonado en un desguace y una familia rota por la desaparición de un robot hermano. El libro, que empezó siendo un cuento infantil, se ha convertido en algo 'mucho más oscuro', según la propia Park, quien, por cierto, ya está pensando en sirenas caníbales para su próximo proyecto. TheGosia aplaude la representación positiva de la modificación biónica (quién no querría un cuerpo nuevo, más funcional, si la ocasión lo permitiera), mientras que Exoi se maravilla con la densidad de ideas y temas. Alan_P, en cambio, pide un manual de instrucciones: “¿Qué demonios estaba pasando?”. Matthew, por su parte, lo achaca a una trama lenta y predecible. La comparación con Iain M. Banks (el rey de los robots inteligentes) es inevitable, aunque Park parece tener su propio estilo, más centrado en las emociones humanas que en los circuitos integrados. La novela, publicada en mayo de 2026, plantea preguntas incómodas sobre la realidad, la conexión humana y, sobre todo, el precio de la obsolescencia programada… tanto en máquinas como en personas.
La búsqueda del origen de la vida nos lleva, paradójicamente, a replantear qué es la vida. Gilles Emerard, en su libro 'Togetherness', desmantela la narrativa darwiniana de la competencia despiadada, revelando que la simbiosis – la colaboración entre especies – es la verdadera arquitecta de la complejidad biológica. Olvídate del individuo luchando por sobrevivir; piensa en el liquen, ese matrimonio entre alga y hongo, como el modelo original. Y mientras Darwin especulaba sobre “calentitos charcos” primigenios, la ciencia moderna apunta a las profundidades oceánicas, a las chimeneas hidrotermales donde la química prebiótica jugueteaba con la posibilidad de la vida. Nick Lane, de University College London, y su equipo no buscan recrear el Génesis, sino imitar las condiciones de estas chimeneas, descubriendo que las reacciones metabólicas, esas chispas de energía que alimentan la vida, surgen espontáneamente, incluso sin la programación genética. Es como si las moléculas tuvieran una agenda propia, buscando su “estado de reposo” químico, tal como una pelota rueda cuesta abajo. La clave no es solo la replicación del material genético (ADN, ARN), sino la cooperación inicial, un “baile” molecular previo a la partitura genética. Freeman Dyson, inspirado por Lynn Margulis, sugirió que la vida tuvo dos orígenes: las protocélulas metabólicas y el ARN replicador, fusionándose en un acto simbiótico. Ahora, los laboratorios están probando estas ideas, encontrando que incluso secuencias aleatorias de RNA pueden generar funciones básicas, abriendo la puerta a la selección natural. Y las muestras de asteroides como Ryugu y Bennu confirman que los componentes básicos de la vida – los nucleobases – son ubicuos en el cosmos, sugiriendo que la vida, tal como la conocemos, podría ser una constante universal, quizás incluso… un poco aburrida por su similitud. Encelado, una luna de Saturno con chimeneas hidrotermales, se perfila como un nuevo laboratorio cósmico. La vida no es una creación aislada, sino una consecuencia inevitable de las leyes de la química, un proceso de autoensamblaje impulsado por la termodinámica y la colaboración.
El verano se acerca y con él, el zumbido incesante de los mosquitos. Durante décadas, el repelente ha sido nuestro escudo, un pacto de no agresión firmado con un olor que, al parecer, ya no convence a las nuevas generaciones de vampiros alados. Un estudio publicado en el Journal of Experimental Biology revela que el Aedes aegypti, el mosquito responsable de la fiebre amarilla, el dengue y el zika, ha desbloqueado un nuevo nivel: aprender a amar el repelente. No, no es una broma. Lo que antes era una señal de peligro, una barrera olfativa de N,N-Dietil-meta-toluamida, ahora se interpreta como un cartel de “buffet libre”. Los investigadores, en un laboratorio más controlado que mi lista de la compra, expusieron a los mosquitos a recompensas (azúcar, en este caso) en presencia del repelente. El resultado: más del 60% de los mosquitos, tras la 'clase de repitición', se dirigió directamente al olor, ignorando su función original. Es como si les hubiéramos enseñado a que, después de la colonia, viene el festín. Esto no es nuevo. En 2013, ya se detectó que los mosquitos desarrollaban tolerancia al DEET, ignorándolo después de tres horas. Ahora, entendemos el 'por qué': una reprogramación neuronal. La clave está en la recompensa. Si el mosquito encuentra la sangre (o el azúcar) después de superar la barrera del repelente, su cerebro asocia el olor con la satisfacción. El mundo real, sin embargo, es menos predecible. Un mosquito sin 'premio' tras el esfuerzo, probablemente se irá frustrado, aunque la plasticidad cerebral de estos insectos nos obliga a replantearnos las estrategias de salud pública. No estamos hablando solo de picaduras molestas, sino de la transmisión de enfermedades graves como el paludismo o el zika. La próxima vez que te apliques repelente, recuerda: podrías estar invitando a una fiesta.
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