Cuando el 19 de mayo de 1845 el HMS Terror zarpó de la costa británica con 129 hombres a bordo, la imaginación de la época se desbordó con la promesa de encontrar el Cañón del Norte. Con 36 000 libras de galletas, 33 000 de carne enlatada, 9 000 de verduras enlatadas, 9 000 de chocolate y 3 684 galones de alcohol, el barco parecía un almacén flotante de supervivencia de tres años; un verdadero cajón de la compra para un invierno que no se esperaba.
Además, 7 000 libras de tabaco, 2 700 de cera de vela, un perro, un gato y un mono completaban la carta de la despensa, como si la tripulación hubiera planeado una fiesta de fin de año en medio del hielo. Pero la realidad, al igual que el hielo que atrapó al terror, fue más fría.
Una vez que la flota llegó a la bahía de Baffin, los dos barcos fueron avistados por un barco de cetrería en julio y nunca se volvió a ver. En 1859, dos notas encontradas en un cairn de piedra revelaron la verdad: la primera, de mayo de 1847, declaraba optimismo y que el “todo estaba bien”; la segunda, de abril de 1848, escrita por Francis Crozier y James Fitzjames, marcó el abandono de los barcos y la muerte de 24 hombres, incluido el propio Franklin, que habría fallecido en junio de 1847. El desastre se convirtió en un ritual de supervivencia donde la escarlatina, la desnutrición, la tuberculosis y la intoxicación por plomo, provenientes de alimentos enlatados, se apoderaron de la tripulación.
Los inuits informaron de huesos mutilados, y el explorador John Rae confirmó en 1854 que la tripulación se había visto obligada a recurrir al canibalismo para sobrevivir. El eco de la tragedia se mantuvo vivo durante décadas, hasta que en 2014 el HMS Erebus fue hallado a 36 pies de profundidad y en 2016 el terror a 80 pies de profundidad, a apenas 45 millas de distancia. En 2019, un equipo de Parks Canada utilizó drones remotos para explorar 20 cubículos de la nave, encontrando muebles, instrumentos y, sorprendentemente, un entorno casi intacto, como si el hielo hubiera fruncido la puerta del tiempo.
La obra maestra de la preservación, las “mantas de sedimento” que rodean la nave, podrían guardar diarios y cartas que narran la última danza de los barcos entre la gloria y la ruina. En suma, el HMS Terror no solo se perdió en el hielo, sino que también dejó un legado de advertencia sobre la arrogancia humana y la fragilidad del ingenio cuando el clima se vuelve un juez implacable.
La historia del terror sirve como recordatorio de que incluso los navíos más fuertes pueden ser derrotados por un frío que no se negocia.
Crítica:
El artículo se queda corto al no detallar la verdadera causa del colapso de la tripulación ni la logística de la búsqueda real. El título, aunque llamativo, borra la complejidad de la tragedia con una promesa de revelación que no se cumple.
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