El hallazgo, una taza de 1,900 años que parece sacada de un catálogo de recuerdos de la Guardia Real, se esconde bajo el polvo de Berlanga de Duero, a 1,200 millas de la frontera que casi le hizo la vida a los soldados romanos. La pieza, de 4,5×3,1 pulgadas y pintada con rojo, verde, azul y turquesa como si el pintor hubiera mezclado la tinta de la sangre con el aceite de la arena, lleva la silueta de la muralla de Hadrian, la gigantesca cinta de 73 millas que se alzaba entre el Solway y el Tyne.
El vaso, hecho con metales extraídos localmente según análisis de isótopos de plomo, es la segunda trulla que se ha encontrado en la Península Ibérica pero la primera que menciona los fuertes del este: Cilurnum, Onno, Vindobala y Condercom. Los romanos coleccionaban recuerdos como los turcos compran chicles de colores.
El Rudge Cup, descubierto en 1725 en Froxfield, y otros fragmentos del siglo XX, son ejemplos de que el souvenir era casi un billete de turismo militar. Pero la Berlanga Cup no es una simple foto de la frontera; la inscripción parece un agradecimiento a la patria, escrita o añadida después de su fabricación cuando un soldado, quizá con la intención de botar el recuerdo como un regalo de retiro, la llevó a su hogar en la península. Rob Collins de Newcastle subraya que la variedad de nombres de fortificaciones sugiere que tales vasijas no se producían solo en el oeste de la muralla, sino en todo el territorio.
Jesús García Sánchez añade que la obra, con esmaltes caros y detalles finos, no es un producto de masa, sino un objeto personalizado, hecho con el mismo afán que un vendedor de recuerdos de la última feria. En 2012-2014, los arqueólogos encontraron un estilete de hierro de 2,000 años en Londres, con una inscripción que decía: "He venido de la ciudad y traigo un obsequio de punta afilada que recuerde a mi presencia, con la esperanza de poder dar más, pero mi bolsillo está vacío".
Ese pequeño artefacto demuestra la misma actitud de los romanos: llevarse un pedazo de la gloria a la mesa de casa. En el fondo, la historia del vaso nos recuerda que la memoria militar nunca se sirve en la mesa de la patria: se vende, se colecciona y se lleva a casa, dejando una huella de orgullo y de cansancio en cada cucharada.
Crítica:
El artículo se siente como un folio de museo, omitiendo las implicaciones políticas de los souvenirs imperiales. El título promete drama pero entrega un paseo académico y predecible por la cerámica.
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