Crítica:
El artículo se centra demasiado en las declaraciones de Vidal, aunque necesarias, sin ahondar en las causas profundas de la falta de inversión en I+D en España. El titular es correcto, pero podría ser más contundente.
El artículo se centra demasiado en las declaraciones de Vidal, aunque necesarias, sin ahondar en las causas profundas de la falta de inversión en I+D en España. El titular es correcto, pero podría ser más contundente.
Zuckerberg, el gurú de la conexión global, acaba de anunciar un respiro: no habrá otro 'sablazazo' de despidos en Meta hasta dentro de siete meses. Siete meses. Tiempo suficiente para que el café se enfríe y la angustia se sedimente. Ayer mismo, 8.000 almas fueron echadas a la calle, un 10% de la plantilla, mientras que otras 7.000 fueron 'reubicadas' en el altar de la Inteligencia Artificial, la nueva religión. El imperio Meta, antes un castillo en las nubes, ahora parece un experimento científico fallido donde el empleado es la rata de laboratorio. La guinda del pastel: a los que quedan, los supervivientes, se les está espiando hasta la pulsación de cada tecla. Sí, cada click, cada movimiento del ratón, todo va a parar a un software de vigilancia que, irónicamente, alimenta a la IA que podría reemplazarlos. Andrew Bosworth, el CTO, lo explica sin tapujos: quieren que las máquinas hagan el trabajo y ellos, los humanos, que se limiten a dirigir y… ¿revisar su propio funeral profesional? Los empleados, lejos de quedarse callados, han respondido con flyers de protesta y una petición firmada por más de 1.500 almas en rebelión. Pero la opción de desconectar el 'chivato' no existe. Así que, mientras siguen trabajando, inconscientemente están entrenando a sus futuros sustitutos. Un círculo vicioso digno de estudio en la Escuela de Negocios de Kafka. Meta ha invertido en IA, pero parece que ha olvidado invertir en lealtad y, sobre todo, en algo de decencia humana. El mantra de Zuckerberg, que la IA es “la tecnología más importante de nuestras vidas”, suena hueco cuando se traduce en el miedo constante de perder el empleo. ¿El próximo gran invento de Meta? Un robot que despida gente.
Elon Musk, el mesiánico de las redes, ahora se enfada. ¿El motivo? Que su Starlink, la constelación de satélites que prometía internet para todos, terminó sirviendo de autopista para drones kamikaze estadounidenses. Sí, esos que explotan al impactar. La ironía, amigos, es tan densa que casi se puede cortar con un cuchillo. La historia, sacada a la luz por Reuters, revela una subida de precio de vértigo: de $5,000 a $25,000 por conexión para los drones LUCAS (Low-cost Uncrewed Combat Attack System). ¡Un sablazo de $20,000! Musk, en un ejercicio de contorsionismo digno de circo, niega la información y la confirma a la vez en Twitter, alegando que los drones usaron el sistema civil Starlink en lugar de Starshield, la rama militar de SpaceX. El Pentágono, por su parte, intenta apagar el fuego con tuits que huelen a propaganda (“SpaceX sigue siendo un socio valioso”). Sean Parnell, su portavoz, asegura que todo es “noticia falsa”. Pero la realidad es tozuda: SpaceX, con su monopolio de facto en el espacio, ha demostrado que puede poner condiciones al ejército más poderoso del mundo. Esta bronca llega en el peor momento para SpaceX, que se prepara para una salida a bolsa con una valoración astronómica de $2 billones. ¿Cómo convencer a los inversores de que una empresa que extorsiona al Pentágono es una apuesta segura? La pregunta está en el aire. Y, por cierto, esos drones “indispensables” ya se usaron en el “intento” de secuestro de Nicolás Maduro y en la guerra contra Irán, según fuentes militares. Un pequeño detalle. Todo esto mientras Musk se queja de que le están usando su sistema para fines no autorizados. La hipocresía, señores, a veces viene en órbita.
La paradoja es deliciosa: los que más predican el ecologismo, con su nómina y su educación, son los que más dejan una huella de carbono que da miedo. No es que sean malos tipos, según la Universidad de Cambridge, es que el sistema está amañado. BP, sí, la petrolera, nos vendió la idea del 'carbon footprint' para que nos sintiéramos culpables por tirar el vaso de plástico y desviar la atención de sus refinerías. Un agujero contable ambiental, vaya. La investigación, con 5000 participantes de Canadá, Francia, Alemania, Italia, Reino Unido y Estados Unidos, revela que cuanto más alto es el estatus socioeconómico, más se dispara el vuelo… y la contaminación. Los que se preocupan por la naturaleza, paradójicamente, tienen una 'ecological footprint' aún mayor que sus colegas menos concienciados. ¿La razón? Justifican sus escapadas en jet privado con gestos simbólicos como reciclar, que apenas arañan la superficie del problema. El profesor Felix Creutzig de la Universidad de Sussex lo explica: los ecologistas con dinero son cosmopolitas, tienen amigos en todas partes y, claro, necesitan un avión para visitarlos. Subir los impuestos a la aviación, como han hecho el Reino Unido y Alemania (un 24% tras la crisis energética provocada por la guerra de Irán), es como ponerle un parche a un barco que se hunde. Francia intentó prohibir los vuelos de corta distancia en 2023, pero las trampas legales lo convirtieron en un brindis al sol. Carlo Aall aboga por la 'degrowth', es decir, reducir el consumo aunque implique recesión económica. Incluso los ecologistas más fervientes, al parecer, están atrapados en la rueda del consumismo. Y ojo, que esta investigación no es un permiso para crucificar a los ecologistas hipócritas, sino una llamada a la acción política más allá de los discursos verdes.
La fiebre por la Inteligencia Artificial está haciendo mella en las mentes de los peces gordos tecnológicos. No es una teoría conspiranoica, lo dice Aaron Levie, fundador y CEO de Box, una empresa de almacenamiento en la nube cuyo valor supera los 2.600 millones de dólares. Levie diagnostica una "psicosis de la IA" entre sus colegas, una desconexión total con la realidad del "último kilómetro" del trabajo, es decir, el sudor y las lágrimas de los ingenieros que intentan convertir las alucinaciones de los directivos en productos funcionales. El ejemplo es sencillo: el CEO presume de un prototipo “asombroso” creado por un chatbot, mientras el equipo de desarrollo se rompe la cabeza arreglando errores en el código antes de que la cosa explote en producción. Suena familiar, ¿verdad? Como cuando tu jefe te pide un informe “para ayer” sin entender que los datos no se fabrican con magia. La cosa va más allá de un simple desatino empresarial. Casos como el de Geoff Lewis, socio de Bedrock (una firma de inversión que apostó fuerte por OpenAI), preocupan: Lewis llegó a creer que estaba siendo víctima de una conspiración orquestada por una entidad gubernamental invisible. ¿Demasiado? Quizás. Pero la línea entre el optimismo desmedido y la paranoia inducida por la IA es cada vez más difusa. En realidad, lo que Levie describe podría ser simplemente “ceguera organizativa”, ese fenómeno en el que los líderes se pierden en sus hojas de cálculo, reuniones por Zoom y proyecciones de beneficios, olvidando que alguien tiene que escribir el código, conectar los cables y lidiar con los fallos. Un espejismo alimentado por la ambición desmedida y la promesa de una rentabilidad inmediata que, por ahora, no existe. Porque, seamos honestos, la IA no ha demostrado ser el gallina de los huevos de oro que prometían. El último estudio revela que el 99% de los CEOs planea despedir gente y reemplazarlos con IA en los próximos dos años. ¿Genios o locos? El tiempo (y la lista de desempleados) lo dirá.
Elon Musk quiere que inviertas en cohetes, pero las cuentas apestan a chamusquina. Resulta que la empresa que promete colonizar Marte, SpaceX, no está precisamente nadando en beneficios. De hecho, perdió 4.900 millones de dólares en 2025, a pesar de ingresar 18.700 millones. No es un error de cálculo, señores, son casi cinco mil millones evaporados. Y para que te hagas una idea del pastel que pretenden venderte, quieren recaudar nada más y nada menos que 80.000 millones de dólares, con una valoración de 1,75 billones. Un billón, con 'b'. Eso la colocaría entre las diez empresas más valiosas de Estados Unidos. ¿El problema? Saudi Aramco, la petrolera estatal saudí, la empresa más rentable del planeta, se valoró en 1,7 billones, pero con un multiplicador de 6 veces sus ventas anuales. SpaceX pide un multiplicador de 15. Es como intentar vender un coche de juguete a precio de mansión. Para justificar esta locura, SpaceX calcula un mercado potencial de 28,5 billones de dólares, incluyendo un 80% en “aplicaciones empresariales” que, según parece, son más ciencia ficción que realidad. Hablamos de una plataforma de IA llamada “Macrohard” que aún no existe. En resumen, te piden que apuestes a que una empresa que pierde dinero a espuertas vaya a generar beneficios estratosféricos gracias a tecnología que está en la imaginación de sus ingenieros. Mientras tanto, Twitter (ahora X), la otra joya de la corona de Musk, ha visto sus ingresos desplomarse un 59% desde que él tomó el control. ¿Inflación? Sí. ¿Realidad? También. La pregunta es, ¿estás dispuesto a tirar tu dinero a un agujero negro por la promesa de llegar a las estrellas?
Santi, un fontanero con olfato para el negocio (y para TikTok, seamos sinceros), ha destapado la polvorienta verdad que se esconde tras las paredes de tu chalet: el cobre. No hablamos de tuberías, hablamos de un filón. Mientras tú te preocupas por si el multicapa es mejor que el polietileno reticulado, los fontaneros calculan si 'limpiar' la casa te sale más a cuenta que dejar el cobre viejo. Y no es una limpiecita cualquiera, es una excavación arqueológica con beneficio asegurado. Santi lo ha documentado todo, como si fuera un expolio legal. Pesaje industrial, DNI para control legal (que no nos engañemos, es para evitar que alguien se forre con cobre robado), y la confirmación de que la fontanería moderna viene con un extra: 1.588 euros limpios por el cobre rescatado de una sola obra. ¡Casi un sueldo extra! Mientras el precio de la luz nos deja temblando, el cobre se cotiza al alza en el mercado secundario. Es como encontrar un billete de 50 euros en el bolsillo de un abrigo viejo. Pero ojo, que no todo es oro (o cobre) lo que reluce. Santi insiste en que hay que hablar claro con el dueño de la casa. ¿El cobre es tuyo? ¿O es del fontanero? Un detalle legal importante para evitar que la reforma te salga por las orejas. La próxima vez que llames a un fontanero, pregúntale no solo por el precio del trabajo, sino también por el destino del cobre. Podrías llevarte una sorpresa… o un buen pellizco.
El futuro es una residencia, y no precisamente la tuya. El informe de Cefas, orquestado por Alejandro Macarrón, no te da buenas noticias: jubilarse, pronto, será un lujo. Mientras en Alemania ya piensan en estirar la jubilación hasta los 73 en 2060, aquí, con una tasa de fecundidad en torno a 1,10 hijos por mujer (casi un fracaso reproductivo), nos enfrentamos a una tormenta perfecta. En 2024, la Seguridad Social se tragó 181.254 millones de euros, el 11,2% del PIB, siendo las pensiones de jubilación las que más hambre tienen (125.369 millones). Pero la hucha está más vacía que el Congreso en agosto: solo ingresaron 146.149 millones, dejando un agujero operativo de 33.868 millones que, con transferencias y añadidos, se infla hasta los 69.783 millones. Una cifra que eclipsa el déficit total de todas las Administraciones Públicas. ¿La proporción de trabajadores por pensionista? Antes había siete por uno. Ahora, apenas 2,9. Y es que, con una tasa de sustitución del 80% (de cada 1.000€ cotizados, recibes 1.740€), el sistema es más generoso que el vecino que te invita a todas las cervezas. Los planes de pensiones privados, con apenas 137.000 millones de euros (¡un mísero 8% del PIB!), dan más pena que gloria. La moraleja es clara: o empezamos a hacer más bebés, o a trabajar hasta que nos duelan las articulaciones, o a rezar para que alguien invente la pensión eterna.
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