Rufián hace el ridículo intentando culpar a Amancio Ortega de la crisis de la vivienda

Ortega, el fantasma de la vivienda

politica Ilustración de una ciudad con rascacielos de oficinas, fondo de un cielo gris, un personaje en traje oscuro señalando un edificio, estilo cómic, sin rostros reales, sin texto

El día que Rufián decidió que Amancio Ortega era el culpable de la crisis de la vivienda, la prensa se iluminó con una mezcla de confusión y carcajadas; su argumento, tan sólido como un edificio de cartón, se apoyaba en cifras que nadie había visto jamás. Forbes, esa revista que suele decirte que tu cartera es tan grande como tu ego, reveló que Ortega posee unos 25 000 millones de dólares en bienes raíces, 21 200 millones de euros de cartera, más de 200 propiedades en 13 países y, en la práctica, inmuebles que no sirven para dormir.

Según el reportaje, sus mayores adquisiciones son el Royal Bank Plaza (916 mdd USD, 2022), el edificio de Correos Canadá (855 mdd USD, 2025), The Post en Londres (785 mdd USD, 2019), Troy Block en Seattle (740 mdd USD, 2019) y el Adelphi en Londres (713 mdd USD, 2018).

También ha comprado la Torre Picasso de 43 plantas en Madrid (540 mdd USD, 2011) y la Devonshire House de Londres (671 mdd USD, 2013), donde los contratos de alquiler se quedan pegados como un post‑it en la puerta de la oficina del alcalde. El Troy Block, con 800 000 pies cuadrados, abre la puerta a Amazon y a los inquilinos de primer nivel. Rufián, portavoz de ERC y maestro del “no hacer nada”, “construir más” y “intervenir el mercado”, publicó su tirada en redes el 14 abril 2026.

Mientras de un lado la izquierda insiste en que la vivienda es un “acumulador”, la realidad es que la intervención en Cataluña ha hecho que los contratos de alquiler se hayan reducido de 57 158 en 2021 a 32 903 en 2024, un descenso del 43 %. Lo que se percibe como un “poder de la casa” es en realidad una “pérdida de rascacielos” causada por la burocracia que impide que los desarrolladores construyan. Esta pieza, a la vez que busca culpa, se desplaza en la misma dirección de los que la escriben: la política que promueve la intervención y la crítica que la denuncia sin reconocer la diferencia entre vivienda y oficinas.

El resultado es un argumento que, al igual que un chiste sin punchline, termina en la misma habitación donde se supone que se debería construir esperanza.

Crítica:

El titular ignora la distinción entre inmuebles residenciales y no, y la pieza pierde precisión al usar datos sin contexto. La narrativa sufre de un sesgo que simplifica la complejidad del mercado inmobiliario.

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