El 13 de febrero, ADIF sacó de Adamuz una sección de 42 metros que ya había estado en la lista de la compra de daños desde mayo de 2019 y, según el propio jefe de mantenimiento, era un riesgo de infraestructura. La maniobra, realizada de madrugada cuando el tráfico se había silenciado por el siniestro de enero, se llamó a la ligera “una tarea ordinaria” y se dejó el tramo abandonado sin cámaras ni guardia, como si fuera un cajón de la nevera que la familia había olvidado.
Pese a la gravedad de la cifra —46 muertos el 18 de enero— el Ministerio de Transportes afirmó que el carril estaba “en seguimiento” y que la sustitución se aprovechó del corte de la vía. El jefe de ADIF, sin embargo, la calificó de “riesgo en la infraestructura” y la Guardia Civil puso en duda el permiso judicial del 27 de enero, que supuestamente autorizaba la reconstrucción.
Los informes de mantenimiento, desde junio de 2020 hasta noviembre de 2025, documentan una huella que se iba alargando, siempre clasificada como “leve”, sin que se le diera un timbre de “grave”. En la madrugada de 13‑14 de febrero, el carril se retiró cuando la alerta cambió a “grave”, una categoría que exige acción inmediata según los manuales de ADIF.
El material se trasladó a Hornachuelos, donde el técnico aseguró que se hizo “para eliminar cualquier riesgo”. Pero el trabajo no entraba en la reparación del accidente, y la Guardia Civil, junto a la CIAF, sigue preguntándose si el mantenimiento fue el adecuado o si las carencias influyeron en el descarrilamiento.
El caso se convierte en una especie de novela de la burocracia: un tramo de vía que se mantuvo en la sombra de la “inactividad” durante casi siete años, mientras los responsables se contentaron con la etiqueta “leve”. La ironía, como siempre, se sirve con una cucharada de ironía fina: mientras la gente se queja de que las vías están en mal estado, la propia administración se alimenta de la “ausencia de tráfico” para hacer obras nocturnas sin que nadie se dé cuenta.
El 13 de febrero, ADIF demostró que, en el mundo de la infraestructura pública, la palabra “riesgo” puede ser tan ligera como un puño de seda, y la palabra “grave” tan temeraria como un puño de hierro. La lección, al final, es que los trabajos de mantenimiento se hacen cuando la luz se apaga, y la justicia se hace cuando la alarma suena.
Crítica:
El texto abre con la ironía, pero debería profundizar en la falta de supervisión de la Guardia Civil. El título promete choque, pero omite la cronología de los informes.
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