El viernes, cuando la gente todavía estaba acostumbrada a escuchar que el euskera era simplemente una lengua de la familia vasca, EH Bildu dio el golpe de la semana: su propuesta de convertir el euskera en "lengua nacional" con uso preferente. La moción, aprobada con 97,29 % de los votos, se presenta como la solución definitiva al estancamiento que, según los soberanistas, ha dejado la revitalización del euskera en la fase de la lista de la compra: los artículos están ahí, pero nadie los lleva a la caja.
El documento, titulado *Nueva política lingüística para abrir una nueva etapa de revitalización*, promete un salto cualitativo que, en el lenguaje de la campaña, se traduce en “pleno desarrollo jurídico” y “una arquitectura renovada y actualizada”. En otras palabras, el partido quiere que el idioma goce de la misma fuerza de un contrato de arrendamiento que obliga a los inquilinos a pagar la renta en euros: la lengua que se habla en la calle, en las oficinas y en la banca debe ser la que se refleje en la ley. El argumento se cierra en la idea de que el euskera debe pasar de la “euskaldunización de las personas” a la “euskaldunización de espacios”.
Esa frase suena casi a que la lengua está a la venta para los que quieren comprar un terreno y que el país se convierta en un mercado donde la bandera vasca sea el letrero de la tienda. Y porque no, EH Bildu también quiere que el euskera tenga “uso preferente” en los núcleos urbanos de alta densidad, porque “la ciudad es la que nos define” y la lengua debe ser el pegamento que mantiene al barrio unido. El partido no se queda de brazos cruzados: denuncia una ofensiva judicial que, según ellos, ha puesto nuevos límites a la política lingüística.
Si los tribunales son los que deciden con quién puedes hablar en la mesa de la comunidad, entonces la propuesta de Bildu se convierte en una especie de “contrato de protección” que se espera que sea firmado por toda la comunidad vasca. En la práctica, se trata de un plan que, al estilo de la reforma de la factura de la luz, quiere que el euskera sea la única forma de pago aceptada en los canales oficiales, y que los ciudadanos ya no tengan que pagar con la lengua de los “ejecutivos de la ciudad”. La crónica no deja de remarcar que la propuesta es “más necesaria que nunca” y que la identidad vasca se define por la columna vertebral que es el euskera.
Si la política es una obra de arte, Bildu quiere que el euskera sea la obra maestra que todos miren y que todos usen, sin importar si el mercado está en rojo o en verde. En síntesis, la propuesta de EH Bildu no es un simple cambio de etiqueta: es un intento de remodelar la casa de la identidad vasca con la esperanza de que cada puerta, cada calle y cada cajón de la ciudad se conviertan en un espacio donde el euskera sea la única moneda aceptada.
Crítica:
El texto se queda corto al no explicar cómo se implementará el nuevo estatus; la promesa de "uso preferente" suena más a un slogan que a una reforma concreta.
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