El Gobierno derrama 340 millones en una desaladora marroquí mientras nos ahogamos en sequía. No es un error de cálculo, es una declaración de intenciones. Mientras Acciona construye en Casablanca la mayor planta desaladora de África —300 millones de metros cúbicos anuales, o lo que es lo mismo, el agua equivalente a 120.000 piscinas olímpicas al año—, los embalses de Almería se pudren al 12,05% de su capacidad.
¿Casualidad? Ni de coña.
El Ejecutivo de Pedro Sánchez financia este splash internacional con tres herramientas públicas: 250 millones del FIEM (el fondo de los sueños corporativos), 70 millones asegurados por CESCE (que cubrirá el 80% del riesgo, porque claro, si algo sale mal, el Estado español asume), y 31 millones del FIEX de COFIDES (el crowdfunding de los contribuyentes para que las empresas españolas se forren en el extranjero).
340 millones, redondos como un cheque sin firmar. Mientras, en el sureste, el trasvase Tajo-Segura —el grifo que mantiene viva la huerta de Europa— sufre un recorte que dejará a los regantes con la mitad del agua. Mitad. Como si alguien hubiera partido por la mitad la factura del agua en tu casa, pero en lugar de protestar, te dijeran: «Es por el cambio climático, ya verás qué bien queda la desaladora en Casablanca».
Amparo López Senovilla, secretaria de Estado de Comercio, posó en la ceremonia de la desaladora marroquí con la sonrisa de quien acaba de cerrar un trato redondo.
Mientras, en Orihuela, Miguel Barrachina, conseller de Agricultura valenciano, escupía veneno: «Incoherencia y agravio». No es un insulto al azar. Es la traducción literal de lo que ven los agricultores cuando ven cómo el Gobierno prioriza un proyecto en un país con sus propias autopistas del agua y planes hídricos hasta 2050, mientras aquí los embalses de Murcia están al 35,14% y los de Alicante, al 50,79% (sí, la mitad, como el agua que les queda a los regantes).
Lucas Jiménez, presidente del SCRATS, lo llamó «traición de primer nivel».
Y tiene razón. Porque el Gobierno no solo recorta el trasvase, sino que exporta agua en forma de tecnología y dinero público a un competidor directo en mercados como el agroalimentario. Marruecos, por cierto, ya tiene sus propias desaladoras y planes de interconexión de cuencas.
¿Necesitaba España financiarles otra? Parece que el problema no era la sed marroquí, sino la oportunidad de que Acciona facturara y el Estado español se llevara el trofeo de la cooperación internacional.
Pero hay más. Emiliano García-Page, presidente de Castilla-La Mancha (la región que cede el agua del Tajo), ha llevado al Gobierno al tribunal para que se cumplan los recortes que benefician a su comunidad, aunque eso signifique asfixiar a Murcia y Alicante.
El Tribunal Supremo ya ha puesto un freno a la discrecionalidad de la Confederación Hidrográfica del Segura, pero el daño está hecho: el campo español se ahoga en una paradoja. Mientras España envía excedentes de agua a Portugal (sí, sobrante que no llega al sureste), el Gobierno destina 340 millones a un país que ya tiene solucionado el agua y, de paso, ahoga la economía de quienes hacen que España sea la despensa de Europa.
La moraleja? El agua es un negocio, y en este tablero, los peones son los regantes.
Mientras los políticos juegan al ajedrez hídrico, los agricultores pierden la partida. 340 millones en Marruecos, pero en Almería, Murcia y Alicante, el grifo gotea. Y no es sequía: es prioridad mal puesta.
Crítica:
El artículo expone la hipocresía con datos contundentes, pero omite analizar el rol de Bruselas en estas decisiones (los fondos europeos también financian proyectos hídricos) y profundiza poco en cómo Acciona justifica su participación en un mercado donde Marruecos ya tiene soluciones propias. Además, el título original era más neutro; este amplifica el contraste hasta el punto de sonar a clickbait, pero con fundamento.
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