La investigación del accidente de Adamuz, atascada ya un mes por la falta de peritos

Peritos recusados: ¿Quién frena la verdad del tren de Adamuz?

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  Una escena judicial en penumbra, con un juzgado vacío donde solo hay un reloj de pared marcando un mes detenido. En primer plano, un tren oxidado y quietud, mientras en segundo plano se ven siluetas de abogados susurrando cerca de un mapa ferroviario con puntos rojos marcando Adamuz. La luz entra por una ventana sucia, iluminando documentos con sellos de 'RECUSADO' y 'CONFLICTO DE INTERESES'. Estilo: realismo mágico oscuro, con tonos grises y azules fríos, como una oficina burocrática que esconde un crimen. Sin rostros, solo manos firmando papeles y un tren en la distancia como símbolo de lo que nunca llegará.

El accidente de Adamuz lleva un mes en pausa, pero no por falta de pruebas, sino por un juego de tronos judicial donde la imparcialidad se negocia como un favor político. Mientras 46 familias siguen esperando respuestas, la Comisión de Investigación de Accidentes Ferroviarios (CIAF) se rasca la cabeza: tiene laboratorios, tiene tramos de vía, tiene soldaduras sospechosas...

pero no tiene peritos. ¿El problema? Dos de los tres designados por el juzgado de Montoro fueron recusados por una acusación particular que parece haber confundido 'imparcialidad' con 'perfección de santos'. El teatro judicial comenzó el 20 de abril, cuando la juez designó a los tres peritos.

Diez días después, aceptaron el cargo. Pero entonces, alguien recordó que uno de ellos era socio director de 'Soluciones Globales Gestor de Proyectos', una empresa que, entre otras cosas, certificó obras de Ferrovial y AZVI en el ramal ferroviario de Cádiz —sí, el mismo que reformó el tramo de Adamuz ochos meses antes del accidente.

La acusación particular olfateó conflicto de intereses y recurrió al manual del 'si no eres virgen, no sirves'. El segundo perito, en cambio, fue recusado por trabajar en una obra de Adif en Albacete, como si el hecho de que el Estado pague infraestructuras fuera un delito mayor que la negligencia que ya costó 46 vidas. Los peritos, lejos de echarse a temblar, se plantaron.

Negaron cualquier relación con Ferrovial o Adif, aunque uno admitió que su vinculación con AZVI fue 'tangencial' en un proyecto de aguas residuales (la EDAR de La Carlota) donde, casualmente, la empresa ya estaba adjudicada. ¿Tangencial? Suena a como decir que tu vecino es 'un conocido lejano' cuando te ha prestado dinero para pagar el IBI.

Pero el juzgado, en lugar de profundizar, parece haber aceptado el guion: si los peritos dicen que no hay conflicto, el conflicto desaparece. Magia judicial. Mientras tanto, la CIAF se pudre en su propia burocracia. Tiene laboratorios seleccionados para analizar la vía y las soldaduras —las mismas que, según sospechas, provocaron el siniestro— pero sin peritos, ni siquiera sabe cuándo podrán empezar.

Un mes perdido. Un mes en el que el dinero público sigue fluyendo (¿para qué? ¿para pagar abogados que recusen peritos o para investigar de verdad?), mientras las familias de las víctimas miran el reloj como si fuera un reloj de arena en un desierto sin oasis. La paradoja es obscena: se recusó a expertos por tener vínculos lejanos con empresas que trabajaron en infraestructuras ferroviarias, pero nadie parece preocuparse por investigar si esas mismas infraestructuras —reformadas por UTEs con Ferrovial y AZVI— cumplían los estándares de seguridad.

¿Dónde está el conflicto real? Quizás en que, cuando el Estado gasta millones en adjudicar obras y luego otros millones en investigar accidentes, lo último que quiere es que salgan a la luz negligencias que huelan a sablazo institucional. La investigación se alarga 'varios meses más', advierten fuentes.

Pero nadie dice si será por falta de peritos, por falta de voluntad política o porque, al final, lo importante no es encontrar culpables, sino cerrar el caso antes de que el olvido —ese gran aliado de los poderes fácticos— haga el resto. Mientras, en Adamuz, las familias siguen esperando.

Y el tren, quieto en la vía, ya ni siquiera es metáfora.

Crítica:

El artículo omite analizar por qué la acusación particular tiene tanto peso para recusar peritos sin pruebas contundentes de conflicto real, y elude preguntar si hay intereses ocultos en alargar la investigación. Además, el título original ('atascada') es inocuo: aquí el problema no es un atasco, sino un freno de mano puesto por quienes podrían salir perjudicados si se investiga a fondo.

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