Crítica:
La noticia se centra en el parentesco, obviando la gravedad de la prevaricación en sí misma. El título es sensacionalista, pero necesario para captar la atención en un mar de noticias. Falta profundizar en el impacto real para los vecinos.
La noticia se centra en el parentesco, obviando la gravedad de la prevaricación en sí misma. El título es sensacionalista, pero necesario para captar la atención en un mar de noticias. Falta profundizar en el impacto real para los vecinos.
Mientras tú y yo peleamos por no superar los 50 euros en la lista de la compra, la secretaria de Zapatero, Gertrudis Alcázar, se registró en 2015 el 'principal' correo de una trama que parece sacada de una serie de espías. Sí, has leído bien. No para enviar recetas de cocina, sino para gestionar, según el juez Calama de la Audiencia Nacional, un “canal de comunicación interna” crucial. Alcázar, que ya le hacía la vida más fácil a Zapatero en la Moncloa, aparece como la propietaria del dominio presidentezapatero.com, creado varios años después de que su jefe dejara el poder. ¡Como para que no se le olvidara la contraseña! Pero aquí la cosa va más allá de una simple dirección de correo electrónico. La investigación apunta a que Gertrudis no solo gestionaba la cuenta, sino que, junto con Cristóbal Cano (el hombre de confianza de Julito Martínez, otro personaje que suena mucho), coordinaba y daba formato a la documentación de una red que el juez llama “Finance Boutique”. Es decir, la secretaria era la que ponía los adornos a las facturas para que el sablazo fuera menos evidente. El auto judicial no se anda con rodeos: Zapatero, aunque formalmente no enviara los correos, estaría al tanto de la operativa financiera. Y todo esto, mientras el PP del Senado la ha incluido en la lista de comparecientes de la comisión de investigación sobre la SEPI y el rescate de Plus Ultra, una operación que ya huele a chamusquina. La guinda del pastel: Alcázar también participó en la constitución de una sociedad offshore en Dubái, presuntamente para esconder el dinero y evitar que Hacienda le echara un ojo. 530.000 euros en comisiones, un 1% del rescate público, se fueron presuntamente a esa cuenta en el extranjero. La cosa pinta fatal. Y todo, mientras el ciudadano de a pie se aprieta el cinturón. La hipocresía, señores, es el deporte nacional.
Mientras el ciudadano de a pie calcula si le llega para el fin de mes, la cuenta conjunta de José Luis Rodríguez Zapatero y su esposa, Sonsoles Espinosa, ha visto ingresar 1,5 millones de euros entre 2020 y 2025. Un pequeño detalle, si no fuera porque la mitad de ese pastel procede de empresas en la mira del 'caso Plus Ultra', un laberinto de tráfico de influencias que ya le ha puesto el foco encima al ex presidente. La empresa Análisis Relevante SL, consultora de un amigo imputado, Julio Martínez Martínez, contribuyó con 490.780 euros a la cuenta familiar. El juez Calama, sin perder tiempo, ha bloqueado esa cantidad, previendo posibles responsabilidades civiles. Pero la cosa no acaba ahí. Thinking Heads Group, con 649.552 euros en 37 transferencias, y The Global Analysis & Trends In Emerging Regions, con 352.980 euros en otras 37, también inflaron la cuenta. ¡Casi un millón solo de esos dos! Y para rematar, Thinking Heads Americas LLC añadió otros 31.766,04 euros. Zapatero, según su defensa, justificó estos ingresos con conferencias internacionales, “asesoramiento estratégico” y otras actividades de alto nivel. En resumen, el ex presidente se ha convertido en un gurú geopolítico con un sueldo que haría palidecer a un jeque del petróleo. Lo curioso es que la empresa Inteligencia Prospectiva no se quedó atrás, enviando 561.440 euros a Whathefav, la sociedad de las hijas de Zapatero, y 266.200 euros a Gate Center, que luego redistribuyó parte de ese dinero a Whathefav y Thinking Heads Group. Un entramado digno de película, donde el dinero fluye como agua y las conexiones son tan complejas que necesitarías un diagrama de flujo para entenderlas. Mientras tanto, el ciudadano común sigue preguntándose: ¿Cómo se financian estas cosas?
La calle hierve. Zapatero, el ex-presidente que prometía el cambio, ahora se enfrenta a un juicio por presuntos delitos de organización criminal, tráfico de influencias y falsedad documental en el caso Plus Ultra. 53 millones de euros rescataron a la aerolínea durante la pandemia, y ahora el juez Calama quiere saber quién tiró de los hilos. La gente, harta de tanto “rescate” que parece más un agujero contable, lo ve como una confirmación de lo que ya sospechaban: que todos son iguales. “Que vaya al colegio”, sentencia un ciudadano, usando el eufemismo para referirse a la cárcel, recordando el caso Ábalos y Koldo García como si fueran compañeros de pupitre. Pedro Sánchez, según la opinión popular, está perdiendo credibilidad a un ritmo que ni el Ibex en caída libre. No es solo Zapatero, es la acumulación de “sablazos” en la factura pública que desconfía a la ciudadanía. Algunos, nostálgicos, se niegan a creer que el “hombre recto” haya podido caer en la tentación, pero incluso ellos admiten que la imagen de España se va al garete. La desconfianza en la clase política es palpable. “El problema son los políticos y la política”, resume uno de los entrevistados, aunque insiste en que votar, aunque sea en blanco, sigue siendo el único arma que queda. Mientras tanto, el caso Plus Ultra se enquista, y la pregunta que flota en el aire es si esta vez, la justicia, tan lenta como una tortuga con artritis, logrará llegar al fondo del asunto. La indignación es generalizada: “Con todo el dinero que ganan, ¿por qué tienen que meter las manos donde no se puede?”, se pregunta una ciudadana, resumiendo la frustración de un país cansado de ver cómo sus impuestos se evaporan en operaciones turbias.
Velilla de San Antonio, un municipio donde la justicia tarda tanto en llegar que las bodas ilegales ya celebran su jubilación. La Fiscalía pide tres años de cárcel para Antonia Alcázar, alcaldesa de dicho municipio y hermana de María Gertrudis Alcázar, la eterna secretaria de José Luis Rodríguez Zapatero. Tres años. El tiempo que tardan en tramitar una devolución de Hacienda, pero bueno, quién cuenta. El caso, que huele a prevaricación urbanística y ambiental, se centra en un restaurante, 'El Casón de la Quinta de San Antonio', que durante seis años convirtió sus exteriores en una discoteca ilegal con licencia para hacer ruido y aglomeraciones. Los vecinos, hartos de pirotecnia a las cinco de la mañana, denunciaron hasta la saciedad. ¿La respuesta del ayuntamiento? Cuatro expedientes sancionadores que se evaporaron misteriosamente en los despachos, como calcetines desparejados en la lavadora. A esto se suma la omnipresencia de Zapatero, visto apoyando la candidatura de la alcaldesa en fotos que circulan por redes sociales como si fueran pruebas irrefutables de una trama. Y no solo eso, también la alcaldesa defendió activamente a Zapatero y a Sarah Santaolalla en un incidente con el periodista Vito Quiles, añadiendo más leña al fuego. Seis años de silencio administrativo, de celebraciones a todo volumen y de vecinos desesperados. Una dejación de funciones que, según la Fiscalía, fue deliberada. La indemnización para los damnificados, por supuesto, será un detalle. Al final, la jaula de grillos socialista sigue creciendo. Y el casero de Ferraz, con el alquiler pagado.
Móstoles, una ciudad donde la paciencia es un deporte olímpico. El alcalde, Manuel Bautista, ha lanzado una misiva –sí, una carta de papel, en pleno siglo XXI– al ministro Óscar Puente, rogándole, casi suplicándole, que desentierre de algún cajón el proyecto de conexión del barrio PAU-4 con la R-5. Un proyecto que lleva años, años, enredado en la burocracia estatal, como un calcetín perdido en la lavadora. La historia es simple: el Ayuntamiento de Móstoles y la Comunidad de Madrid han estado colaborando, aportando informes, cumpliendo requerimientos… básicamente, haciendo los deberes. Y la Demarcación de Carreteras dio su visto bueno hace más de un mes. Un visto bueno que, al parecer, se ha evaporado en las oficinas del Ministerio de Transportes. Fuentes del Consistorio, con la diplomacia rota, aseguran que Puente tiene el expediente “metido en un cajón”. ¿El impacto? Miles de vecinos de Móstoles atrapados en un atasco perpetuo, intentando acceder a la M-506, la A-5, la M-50. Una pesadilla vial que, según el alcalde, podría aliviarse con esta conexión. Hablamos de facilitar el acceso al PAU-4, una zona en desarrollo, y mejorar la movilidad en el norte del municipio. Pero claro, la movilidad no es gratis. El coste de la inacción se mide en tiempo perdido, en combustible derrochado, en estrés acumulado. Y, por supuesto, en votos. La carta es una petición de reunión urgente, una llamada de atención con tono de “a ver si nos echas una mano, que esto se pone feo”. Una colaboración que, insisten, están dispuestos a ofrecer. ¿La respuesta? Silencio administrativo. Un silencio que, en política, suele ser la peor de las respuestas. En resumen, Móstoles espera, España espera, y el ministro Puente… ¿dónde estará?
El Ministerio de Transportes, señores, parece el huerto privado de un ex presidente. No hablamos de plantar lechugas, sino de sembrar cargos afines para cosechar contratos jugosos. El sumario, según fuentes cercanas a la investigación del magistrado Calama, dibuja una red tejida por José Luis Rodríguez Zapatero y su lugarteniente, Óscar Puente. ¿La estrategia? Colocar a ‘supervivientes’ de anteriores legislaturas, gente de confianza, en puestos clave. No es una simple ‘infiltración’, es una operación de ingeniería financiera donde cada puesto viene con un contrato de obra pública debajo del brazo. La cosa no es nueva: ya en la época de José Blanco, se gestaba este ‘equilibrio de poder’. Pero Puente, al parecer, ha refinado la técnica, ‘limpiando’ rastros de Ábalos y recomponiendo el tablero a su favor. Nombres como Benito Núñez Quintanilla, asesor de Elena Salgado, o Raúl Míguez, jefe de gabinete de Isabel Pardo de Vera (también imputada), son piezas clave. Y no nos olvidemos del ‘núcleo de confianza’ de Puente: Belén Villar, Belén Roel, Pilar Suárez, Juan Pedro Fernández Palomino y Jesús Miguel Fumanal, quienes controlan hasta la última coma de los contratos ministeriales. El presupuesto de Transportes, el más abultado de la Administración, ha sido el campo de batalla. Una auditoría controvertida, encargada por Puente y cuestionada en el ‘caso Mascarillas’, es solo la punta del iceberg. La ‘ministra en la sombra’, Encarnación Sandonís, parece dirigir la orquesta con mano de hierro. Al final, señores, mientras el ciudadano aprieta el cinturón, la trama sigue su curso, tejiendo una red de favores y contratos que huelen a podrido. Y la pregunta que queda en el aire es: ¿Cuántos millones de euros se han esfumado en este juego de tronos?
El 5 de julio de 2019, mientras el mundo veía un desfile militar en Venezuela, la realidad era otra: soldados cargando cajas CLAP, un salvavidas lanzado a un país hundido en la miseria. No eran fusiles, sino promesas vacías empaquetadas en cartón. Nicolás Maduro, Delcy Rodríguez y el clan bolivariano vieron en el hambre ajena una oportunidad de negocio. Una vergüenza, vamos. La hiperinflación, del 9.500% en 2019, convirtió el café en achicoria y las manzanas en un recuerdo lejano. Mientras tanto, el régimen, con un historial de violencia que supera los 250 muertos desde 2013, creaba en 2016 las CLAP: una docena de productos básicos para comprar lealtad y silenciar protestas. Harina, arroz, pasta, aceite… un espejismo de abundancia. El truco estaba en el precio. El Estado pagaba una fortuna por cada caja, y la diferencia se evaporaba en cuentas de Dubái, supuestamente gestionadas por instrucciones de José Luis Rodríguez Zapatero. Landside Dubai Fzco, una empresa bajo investigación, es el epicentro de este agujero contable. Alex Saab, el testaferro de Maduro, movía más de 200 millones de dólares en alimentos a través de la firma mexicana Group Grand Limited. Y todo vigilado por los “Comités Políticos”, versiones modernas de los temidos “punteros” que controlan el voto a cambio de favores. La ONU denunció el chantaje clientelar y la pésima calidad de las CLAP. Hoy, las cajas han desaparecido, sustituidas por bolsas transparentes, pero la miseria sigue siendo la misma. Cuestan 930 bolívares (poco más de un euro y medio), una fortuna para quienes no tienen ni para respirar. Un negocio redondo basado en el hambre, con el aroma de la hipocresía y la corrupción.
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