En la década de los veinte, cuando la moda se medía en sábanas y la moral en susurros, surgió una historia que parecía sacada de un thriller de los años 20: un ático que guardaba un secreto, un amor prohibido y un asesinato que se transformó en un espectáculo de detectives de la calle.
Walburga “Dolly” Oesterreich, una viuda de Milwaukee que se trasladó a Los Ángeles en 1918 con su esposo, el fabricante de delantales Fred, encontró en el ático a un joven de 17 años, Otto Sanhuber, a quien llamó su “hermano vagabundo” cuando la esposa se deshizo de su máquina de coser.
La pareja comenzó a cruzarse en la oscuridad entre las vigas del techo, y el 22 de agosto de 1922, cuando Fred y Dolly se lanzaron a una pelea de tono de “¿quién se quedó con la última galleta?”, Otto, escondido, sacó dos pistolas de 0,25 de calibre y, con la rapidez de un ladrón que se ha visto en el cine de la década de los veinte, disparó a Fred tres veces antes de escapar al ático. La policía llegó tras escuchar disparos, encontró a Dolly atada en un armario y, sin saber nada de lo que había pasado, aceptó la versión de la viuda que afirmaba que su marido había sido asesinado por un ladrón.
El cuadro se complicó cuando Dolly entregó al abogado Herman S. Shapiro el reloj de diamantes de Fred, y a Roy H. Klumb le pidió que se deshiciera de una pistola, dejándola en el Tar Pit de La Brea. Cuando Klumb denunció el hallazgo, la policía recuperó la arma, pero la pólvora había hecho su trabajo, y la evidencia se volvió tan frágil como un papel de aluminio. Otto se declaró esclavo sexual de Dolly, pero el jurado lo encontró culpable de homicidio involuntario, y la prescripción de la ley de 1923 lo dejó libre.
Dolly, mientras tanto, fue liberada después de un juicio sin veredicto. El caso, que la prensa caló de “Bat Man”, quedó en la memoria de Los Ángeles como una historia de amor que se escondía en el ático y la muerte que se disfrazó de robo. Dolly vivió hasta 1961, a la edad de 80 años, y dejó el mundo con una sonrisa que, al parecer, era tan falsa como su relato del robo. Esta crónica deshila los hilos de una trama que mezcla el romance, la violencia y la audaz manipulación de la verdad, mostrando cómo la gente puede convertir un homicidio en una travesía de disfraces y esconder la culpa bajo los techos de la ciudad.
Crítica:
El artículo se queda corto al no profundizar en la culpabilidad real de Dolly, presentándola como víctima de su propio drama. Además, la narrativa se ensancha con detalles que distraen de la gravedad del asesinato.
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