El 28 de agosto de 2008, Hannah Upp, entonces de 23 años, dejó su apartamento en Hamilton Heights, la pasarela de la vida universitaria: profesor de español en la Thurgood Marshall Academy y estudiante de posgrado en Pace. Se fue a hacer un trote como quien sale a comprar pan y regresó al mismo día, pero el cuerpo de la ciudad la encontró 16 de septiembre: una mujer flotando frente al Upper Bay, con el mismo par de shorts rojos y bra negro que llevaba, como si el agua hubiera jugado su propia versión de “cuerpo sin dueño”.
La policía, los capitanes de ferries y los marineros de Staten Island se desdoblaron en un drama de “¿dónde está la que se fue a la playa?” y, en un giro de la trama, la encontraron viva, con la cabeza tan baja que parecía que el tiempo había hecho una pausa en su reloj de arena de tres semanas. Un diagnóstico llegó: fugas disociativas, la rara enfermedad que hace que la memoria se haga un deslizante y el cuerpo siga funcionando como si nada.
Los expertos, con esa misma arrogancia de los protagonistas de los thrillers de espionaje, explican que estos episodios pueden durar días o años, que el cerebro se saca de la rutina y se pierde entre calles y océanos. En 2013 (o 2018, si el periódico se equivoca), la misma Hannah volvió a desaparecer.
Esta vez, se perdió caminando hacia su puesto de asistente docente en Kensington, Maryland, y reapareció dos días después en un arroyo con una carrito de compras al costado, llamando a su madre con el teléfono de un desconocido, como quien saca una tarjeta de su bolsillo sin saber de dónde vino. La tercera y última desaparición ocurrió el 14 de septiembre de 2017, justo cuando la isla de St.
Thomas, su “palacio isleño”, estaba bajo el rugido de Irma y la amenaza de Maria. El mar, con vientos de 85 mph, se volvió un laberinto de corrientes que, según los pescadores, se comportaba como un niño que nunca aprieta la cuerda de su bicicleta. La mujer, que vivía en un paraíso que la gente describía como “modern-day Mary Poppins”, se fue a nadar y nunca regresó.
Sus pertenencias quedaron en un bar de Sapphire Beach, y una y otra vez la gente buscó su sombra como si fuera una sombra de una sombra. Un esqueleto descompuesto apareció en 2018, demasiado descompuesto para identificarlo, lo que nos deja con dos posibilidades: un océano traicionero o una fugacidad que la hace vagar sin saber que el mundo la sigue buscando.
La historia no es un misterio sin resolver, sino un espejo de la fragilidad humana y la ironía de volver a perderse cuando uno creía haber encontrado su camino.
Crítica:
El título engaña al prometer un misterio de espionaje cuando la realidad es un caso de salud mental. Falta una investigación más profunda sobre la posible influencia de los huracanes en la desaparición final.
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