El motín del colegio abandonado: cuando la paciencia se agota y el Estado se queda sin excusas.
Imagínate llegar a un all you can eat de hamburguesas, pero en lugar de comida, te sirven promesas vacías y un menú que nunca cambia. Eso es lo que vivieron 70 inmigrantes en el antiguo colegio Los Maristas (Guardamar del Segura, Alicante), donde la única diferencia entre su situación y la de un hostal low cost es que aquí ni siquiera te dejan factura.
El miércoles 8 de mayo, hartos de esperar a que el Gobierno les regularice como si fueran un whatsapp de cadena, bloquearon el acceso a los trabajadores sociales de CEPAIM y montaron un reality show de tensión máxima. La Guardia Civil tuvo que enviar 10 patrullas + la USECIC (su unidad de élite, la que sale en las películas cuando hay que evitar un Black Mirror en vivo), pero al final cedieron: ‘O nos regularizáis, o esto se pone feo’.
¿El detonante? La regularización masiva que prometió Pedro Sánchez en 2024, ese chiste recurrente que lleva dos años en el aire como un globo de helio sin atar.
Mientras tanto, estos hombres —alojados desde primavera de 2024 en un hotel de Guardamar que terminó en fuego cruzado (literalmente: reyertas, abusos y robos)— fueron trasladados a este colegio fantasma, a 10 minutos de Elche, como si el problema se solucionara con cambiar de dirección.
Error. En enero de 2025 ya lo demostraron: cortaron la N-332 a pie, pararon el tráfico y gritaron su descontento como si fueran influencers de una protesta #MeToo laboral. Ahora, con la amenaza de más motines, la Guardia Civil teme que esto sea el Domino’s de los conflictos sociales: ‘Pedidlo ahora y os lo entregamos… cuando nos dé la gana’.
Datos que saben a poco: Llevan dos años en España sin papeles, sin trabajo y con un historial que parece sacado de un thriller barato.
Mientras, el Gobierno sigue jugando al ping-pong político: ‘Primero el hotel, luego el colegio, ahora… ¿qué?’. La pregunta no es por qué se amotinan, sino por qué alguien cree que esto no va a repetirse. Porque cuando la dignidad se convierte en producto de temporada, hasta el más tranquilo acaba pidiendo ‘o me das el bono, o me lo como yo’.
Y aquí está el twist: CEPAIM, la ONG que gestiona el centro, es el puente entre estos hombres y un Estado que prefiere invertir en seguridad privada (la USECIC) que en soluciones.
Mientras, en Guardamar, los vecinos siguen con el trauma post-trauma de 2024: ‘Nos prometieron que se iban, y aquí siguen’. La ironía es que el Gobierno ya tiene la receta para la regularización, pero prefiere que el conflicto hierva a fuego lento, como un cocido que nunca termina de cuajar.
El guión es predecible: Protesta → traslado → nueva protesta → más traslados.
La variable que falta es el timing. Y mientras, los 70 amotinados ya saben una cosa: en este país, la paciencia es un lujo que solo pagan los de fuera.
Crítica:
El artículo adolece de contexto legal: no explica qué implica exactamente esa ‘regularización masiva’ ni por qué se arrastra desde 2024. Además, romantiza la protesta sin ahondar en las causas estructurales (¿falta de alternativas laborales? ¿políticas de asilo? ¿corrupción en la gestión?). Y lo peor: el titular original (‘amotínan’) suena a sensacionalismo, cuando el conflicto es un síntoma, no un espectáculo.
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