El vídeo que perseguirá de por vida a María Jesús Montero: «Yo de mayor quiero ser como Zapatero»

Montero idolatra a Zapatero: el imputado que hundió al PSOE

social 
  Una escena política surrealista en un mitin nocturno bajo luces tenues. Al fondo, un gran cartel de José Luis Rodríguez Zapatero con expresión serena, rodeado de siluetas de seguidores con rostros borrosos. En primer plano, María Jesús Montero, con gesto de devoción, señalando hacia el cartel mientras sostienen un letrero que dice '28 escaños: el espejo roto'. A la derecha, un juez de la Audiencia Nacional (silueta oscura) sostiene un documento con el sello de 'imputación' mientras la multitud, dividida en dos grupos, uno con banderas rojas y otro con banderas azules, discute acaloradamente. El escenario tiene un aire a teatro de sombras, con proyecciones de gráficos de caída electoral y gráficos judiciales superpuestos como un collage caótico. Estilo: fotografía documental con toques de distopía política, colores fríos y contrastes marcados.

El espejo roto del PSOE: cuando el 'talismán' tiene cara de imputado María Jesús Montero no solo soñó con ser presidenta de Andalucía. Quería ser como Zapatero. No cualquier Zapatero: el que, según ella, es «un hombre bueno», su «espejo» y el «talismán» de una campaña que terminó en fiasco histórico (28 escaños, el peor resultado del PSOE en décadas).

Mientras Montero se deshacía en elogios en Cádiz —«¡Presidente, ayudando a tu partido como siempre!»—, la Audiencia Nacional le recordaba al mundo que Zapatero no es un santo, sino un investigado por tráfico de influencias y organización criminal (hasta 19 años de cárcel en juego).

La ironía, queridos vecinos, es que el mismo día que Montero lo elevaba a los altares, el juez Calama desmontaba su pedestal: una red jerarquizada al servicio de intereses oscuros, con Zapatero como cerebro operacional. Pero vayamos a los números, que son los únicos que no mienten como los discursos de campaña.

28 escaños en Andalucía: menos de la mitad que en 2018, cuando el PSOE aún olía a victoria. Mientras, el PP de Juanma Moreno se frotaba las manos con un botín electoral que el PSOE dejó sobre la mesa como un regalo de Navidad. ¿Coincidencia? Que Montero, en plena euforia preelección, asegurara que sería presidenta en cuestión de segundos (sí, como cuando tu suegra dice «esto lo hago yo» y acaba quemando el puré).

La realidad, como siempre, le dio un hostión: una derrota que hasta los militantes de base digieren con difficulty. Ahora, profundicemos en el menú ideológico que el PSOE sirve con sonrisa. Zapatero, según Montero, es un referente de generosidad y disponibilidad. Pero el auto de la Audiencia Nacional pinta otro cuadro: un hombre que usaría sus contactos en la Administración como un ascensor VIP para terceros con bolsillos profundos.

¿Generosidad? Más bien ingeniería de favores con factura incluida. Y aquí viene lo bueno: 24 horas después de la imputación, Montero guardó silencio como un cangrejo en la arena. Pedro Sánchez, en cambio, sacó el artillería pesada: «¡Presunción de inocencia! ¡Guerra de Irak! ¡Fin de ETA!».

Como si defender a un imputado por corrupción fuera lo mismo que firmar la paz con ETA (logro real, sí, pero hoy no es el día). Pero el guión más surrealista lo escribió Montero en Jaén: Zapatero es su «talismán». Palabra que, en lenguaje callejero, significa amuleto contra la mala suerte.

Irónico, porque el PSOE andaluz terminó con más mala suerte que un dado trucado. ¿O es que Montero cree que imitar a un imputado por corrupción atrae votos? Quizá funcione en la secta del partido, pero en la calle, donde la gente hace la compra con tarjeta de crédito y ojo avizor, el mensaje suena a chiste de mal gusto. Y aquí está el detalle que nadie menciona: mientras Zapatero se paseaba por mítines como invitado estrella, el PSOE andaluz se desangraba en las urnas.

Como cuando tu vecino te dice «esto es oro» y resulta ser latón con pintura. La campaña fue un montaje de cartón piedra: Zapatero, el mesías; Montero, la discípula; y los votantes, el rebaño al que se les vendió humo. El resultado: 28 escaños y una factura moral que el partido tendrá que pagar en las próximas décadas. Porque, al final, esto no es solo una anécdota política.

Es el espejo deformante de un partido que confunde lealtad con ciego seguidismo. Montero no quería ser presidenta: quería ser como Zapatero. Y el problema no es el deseo, sino el modelo a imitar. Cuando tu ícono tiene más cargos judiciales que méritos democráticos, el espejo no refleja grandeza, sino hipocresía con corbata. Dato clave extra: Mientras el PSOE se rasgaba las vestiduras por la imputación de Zapatero, ningún dirigente dimitió.

Ni Montero, ni Sánchez. Solo se limitaron a repetir el mantra de la inocencia como un himno de partido. La pregunta es: ¿cuánto tardará el próximo talismán en caer? Porque en el PSOE, la lealtad parece ser un servicio de suscripción: pagas hoy, renuevas mañana, y mañana mismo te dejan tirado en la acera electoral.

Crítica:

El artículo acierta al exponer la hipocresía sin filtros, pero pecaría de tendencioso si no citara el contexto de apoyo social que aún tiene Zapatero en sectores del PSOE. Además, falta profundizar en qué hizo exactamente Montero durante su etapa como vicepresidenta que justifique este culto al fracaso. ¿O es que el PSOE premia la lealtad ciega sobre los resultados? La pregunta sigue en el aire.

Comentarios

¡Sorpresa!
¡Ya eres Premium!

De hecho, aquí todos somos Premium. En NoticiasResumidas.com no existen las cuentas de pago. Disfruta de todas las funcionalidades, gratis, sin registros y para siempre. ¡A resumir se ha dicho!