Barcelona vende su alma por cervezas frías
Barcelona despierta... pero no para vivir, para comprar. Mientras el resto de Europa cierra las persianas a las 10 de la noche, la ciudad condal se ha convertido en el Las Vegas de la despensa: 643 supermercados 24 horas en solo seis años. Eso son 92 aperturas en seis meses—más de tres por semana—, un ritmo que hasta un delivery de comida rápida envidiaría. Y lo peor: no es una moda pasajera. Es una ocupación militar de calles emblemáticas. En el Eixample, donde antes reinaban las librerías de viejo y los bares de tapas con solera, ahora hay un 'todo a mil' en cada esquina, iluminados como discotecas low-cost, vendiendo cervezas a 5€ la lata y maletas de fast fashion con el logo de la ciudad bordado.
El negocio es simple, brutal y turistocéntrico: márgenes de escándalo. Mientras un Eroski o un Lidl se desangran con precios de guerra, estos minisúpers nocturnos facturan con tickets medios que harían llorar a un black friday. En Rambla Cataluña, alquilar un local cuesta entre 20.000 y 30.000 euros al mes—sí, como lees: un piso en el centro de Madrid—pero el dueño no se queja porque un borracho británico a las 3 a.m. paga el triple por una botella de agua que en Carrefour cuesta la mitad. La consultora Clara Matías, de Laborde Marcet, lo resume así: «Venden inmediatez, no volumen. Y el turista paga el peaje de su prisa». El problema es que esa prisa está reconfigurando la ciudad. Barcelona Oberta, el sindicato de comerciantes que lleva décadas defendiendo el alma de la ciudad, advierte de un efecto dominó: «Si cambias la oferta, cambias el tipo de visitante». Traducción: adiós, paseos tranquilos; hola, afterhours con colillas en la acera y maletas de shein apiladas como en un outlet de tercer mundo.
Pero hay más. Porque este boom no es solo culpa de la avaricia de los inversores—que, por cierto, incluyen family offices y fondos que ven en estos locales el equivalente a una máquina tragaperras en el centro—. También hay un agujero legal que huele a salsa blanca. Muchos de estos establecimientos se camuflan tras la etiqueta de «tienda de souvenirs», mezclando cervezas y camisetas de Messi para colarse en categorías comerciales menos reguladas. Mientras los bares de toda la vida se ahogan con inspecciones, estos frankenstores navegan a la deriva. El Ayuntamiento, por fin, ha reaccionado: expedientes sancionadores a mansalva desde mayo de 2024, prohibición de abrir a menos de 200 metros de otro competidor y un plan para frenar el alcohol nocturno—porque sí, en algunas calles el after empieza a las 11 a.m. y termina... nunca. Pero la pregunta sigue en el aire: ¿Llegan tarde? Mientras se debaten normas, los inversores siguen comprando locales. Y los vecinos, hartos de vivir bajo un nocturnario permanente, miran con recelo cómo su ciudad se convierte en el set de una película de Zombieland, pero con más glühwein y menos apocalipsis.
El colmo del cinismo llegó cuando el Ayuntamiento aprobó por unanimidad endurecer controles—por fin—tras detectar productos caducados, alcohol a granel en la calle y competencia desleal. La Guàrdia Urbana ya está en alerta, pero la batalla está perdida en barrios como el Raval o el Born, donde el comercio tradicional ha sido reemplazado por una cadena de montaje de consumo express. Como dice Elvira García, de Barcelona Oberta: «Nadie quiere un supermercado 24 horas debajo de casa». Pero en Barcelona, cada vez hay más casas con uno encima. Y la pregunta no es si estos locales van a desaparecer, sino cuánto tardarán en convertir la Rambla en una autovía de shopping permanente.
Luisa Soto