Cuando el móvil te suena por las 22:30 y ya no es un mensaje de amigo, sino una multa que te deja sin aire, la DGT se ha vuelto la abogada más despistada del país. En 2025, la autoridad de tráfico cerró el año con 6 106 354 sanciones, la cifra más alta jamás registrada desde 1961.
Eso equivale a 16 730 multas al día, 12 por minuto y una cada 5,2 segundos, como si el radar fuese un reloj que nunca se detiene. El panorama se abre como un mapa de colores: Andalucía lleva la delantera con 1 526 897 infracciones, la Comunitat Valenciana 939 573 y Madrid 721 465, mientras que Ourense y Palencia recuentan apenas 40 904 y 42 248, respectivamente.
El motivo principal? El exceso de velocidad, culpable de dos de cada tres multas. El M‑40, con 150 000 denuncias en 2024, es el mejor amigo de los radares, y la DGT ha invertido más de un millón de euros en dispositivos móviles y semimóviles, complementados con 25 000 infracciones anuales de helicópteros y drones de la Unidad de Medios Aéreos. Entre los bastones de la burocracia, Pyramid Consulting afirma que la conexión directa con el Centro de Tratamiento de Denuncias Automatizadas de León ha disparado la velocidad de procesamiento, mientras que la Asociación Unificada de Guardias Civiles (AUGC) denuncia que, pese a la tecnificación, hay 1 000 efectivos menos que hace una década, creando un agujero de personal que la automatización trata de tapar.
La DGT, con ingresos superiores a 540 millones de euros en 2025, planea instalar más de 100 nuevos puntos de control. Dvuelta, plataforma de defensa de conductores, cuestiona la eficacia disuasoria de este modelo. En resumen, la DGT ha convertido la carretera en una especie de supermercado de multas: cada coche pasa por una góndola de sanciones, y el cliente—el conductor—paga con su tiempo y su bolsillo.
La hipocresía se oculta bajo la capa de “seguridad” y el silencio de las calles, mientras la dependencia de la tecnología se alza como la nueva de la ley: más sensores, menos humanos. El resultado es un sistema que, en vez de proteger, parece más un negocio de lavado de dinero a gran escala, con la promesa de que la velocidad no paga las multas.
Crítica:
El artículo se queda corto al no citar cifras de mortalidad real. La narrativa, aunque mordaz, suena a propaganda de la propia DGT.
Comentarios