El Gobierno gasta más de 300.000 euros para una línea de atención de dudas y concesión de citas para ilegales

Gasto absurdo en call center migratorio

politica Un teléfono colgando sobre una mesa de cocina, con una mano neutra marcando un número, luces de neón y una pantalla que muestra una lista de contactos genéricos. Fondo de papel de cocina, una lata de refresco, y un reloj de pared con hora marcada a las 20:00.

El Gobierno ha puesto a la venta más de 300.000 euros en la creación de un call center para que los inmigrantes que buscan la residencia puedan hacer citas y resolver dudas sobre el decreto de regularización masiva. El gasto de 364.335 euros se destina a Tragsatec, filial de Tragsa, que se encarga también de la gestión de autorizaciones de residencia.

Y no solo eso: el presupuesto total de la operación llega a 4.390.401 euros, con la posibilidad de cofinanciación de la Unión Europea. Pedro Sánchez, en su habitual tono de “esfuerzo continuado”, pidió a la Dirección General de Gestión Migratoria que contrate a Tragsatec con la carta de que el volumen de trabajo sigue siendo muy elevado.

El número de solicitudes previstas se sitúa en 750.000, frente a los 500.000 que se mencionaron inicialmente, y el decreto que regula todo esto es el Real Decreto 1155/2024, publicado el 19 de noviembre. La UTEX, con 51 puestos, se declara insuficiente para afrontar la magnitud de la carga administrativa, según un informe que sugiere una revisión profunda de los flujos de trabajo. La trama se complica cuando se menciona a Jésica, la “sobrina” del exministro Ábalos, que se ha incorporado al equipo de Tragsatec.

El encargo se centra en la gestión de citas previas y la resolución de preguntas sobre el proceso de tramitación, pero también en la “preservación de la situación jurídica” de quienes pueden estar en estado de necesidad. En otras palabras, se ha creado un teléfono de atención al cliente para los que tienen la esperanza de regularizarse, y se ha pagado una suma de más de trescientos mil euros para ello. El contraste entre el gasto público y la hipocresía de los políticos es palpable.

Mientras el Estado reclama que la carga de trabajo es tan pesada que necesita más personal, el mismo dinero se destina a una empresa que, según la información, ya maneja procesos similares. El hecho de que la Unión Europea cofinancie parte de este gasto añade una capa de complejidad: ¿se está aprovechando la ayuda de la UE para cubrir un déficit administrativo que debería corregirse internamente? La respuesta, aunque no está del todo clara, es que el Gobierno ha decidido que la solución sea contratar a la misma empresa que ya gestiona otros procesos, sin ofrecer garantías de eficiencia ni de transparencia. En un mundo donde la burocracia se mide en papeleo y los ciudadanos en la fracción de una llamada, el precio de la gestión de la inmigración se ha vuelto un espectáculo de cifras.

El gobierno se ha asegurado de que cada llamada cuente, y cada hora de espera se remunere. Pero la pregunta que queda sin responder es: ¿qué pasa cuando el dinero ahorra tiempo a la máquina, pero no a los que esperan en la fila? La lección es que la hipocresía política siempre tiene un precio, y a veces ese precio se mide en euros y en llamadas perdidas.

Crítica:

El artículo sube la bandera de la transparencia, pero se queda a medias en la exposición de la cadena de suministro del dinero. La falta de contexto sobre los criterios de selección de Tragsatec deja al lector con más preguntas que respuestas.

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