Crítica:
El texto se apoya demasiado en la información de la UDEF, sin buscar voces alternativas. El título, aunque atractivo, roza el sensacionalismo. Parece más un comunicado policial que una investigación periodística independiente.
El texto se apoya demasiado en la información de la UDEF, sin buscar voces alternativas. El título, aunque atractivo, roza el sensacionalismo. Parece más un comunicado policial que una investigación periodística independiente.
La UCO ha lanzado la bomba: la cátedra de Begoña Gómez, la asesora de Sánchez, no era faro de innovación, sino, según las pesquisas, un ingenio para inflar facturas y favorecer a unos pocos elegidos. Mientras el ciudadano de a pie calcula si le llega para la lista de la compra, la plataforma Transforma TSC, cuyo coste directo para la Universidad Complutense ascendió a 108.765,79 euros, se convirtió en un agujero negro de fondos públicos y privados. La investigación, fechada el 21 de mayo de 2026, destapa adjudicaciones “premeditadas” a empresas como Making Science Group, que recibieron pagos por trabajos realizados sin ni siquiera tener el permiso en regla. Es decir, la factura primero y el papeleo después, una práctica que a muchos nos suena. La cosa no acaba ahí. Entidades colaboradoras como Reale Seguros, Fundación La Caixa, Google y Telefónica aportaron entre 225.000 y 253.000 euros, dinero que, una vez dentro de la UCM, pasó a ser “fondo público”, según la interventora de la universidad. Como quien mete dinero negro en una cuenta corriente y lo blanquea. Begoña Gómez, señalada como “principal responsable” del proyecto, aparece en el centro del huracán, con indicios de aprovechamiento privado de la plataforma y la creación de una sociedad homónima, Transforma TSC, sin acuerdos formalizados con la UCM. La cosa huele a chamusquina y a “no existe un software”, según declaraciones internas de la propia universidad. Cristina Álvarez, asesora de Presidencia, también figura en el atestado, participando en las gestiones. En resumen, un entramado donde la apariencia de legalidad fue, presuntamente, el único mérito.
Sant Cugat del Vallès, municipio de postal en Cataluña, ha decidido poner una señal de tráfico a la convivencia. No para regular el tráfico, sino para advertir a los visitantes que el español no es bienvenido. Un cartelito con el hashtag #parlemcatalà, cortesía de 'Municipis per la Llengua', una escisión de 'Municipis per la Independència'. La cosa va más allá de un gesto simbólico. Los Presupuestos de la Generalitat, firmados por PSC y Esquerra Republicana, destinan más de 100 millones de euros a esta “emergencia lingüística”, según la nomenclatura oficial. La mitad de ese pastel irá a “promover el monolingüismo en las redes”, porque, claro, el problema no es la sanidad ni la educación. Tres millones para la Inteligencia Artificial en catalán (¿para que Siri nos insulte en catalán?), 10 para el deporte (¿para que los jugadores solo puedan gritar “Força Barça!”?) y 35 para engordar la 'consellería' de Política Lingüística, ahora dirigida por un republicano, aunque la idea original fuera de los socialistas. La iniciativa, que busca crear “consejerías lingüísticas” en todos los ayuntamientos y un buzón de “alertas lingüísticas” (¿denuncias por hablar español?), se presenta como un acto de “defensa de los derechos nacionales del pueblo catalán”. En Sant Cugat, la cosa va en serio: ya tienen su propio Departamento Lingüístico, dirigido por Núria Fernández, quien aconseja responder siempre en catalán, incluso a los recién llegados, porque “cambiar de idioma crea barreras”. Con lo que cuesta levantar una barrera de verdad... y con lo que cuesta el sablazo de la ‘emergencia lingüística’ a los contribuyentes.
El olor a chamusquina en el Banco de España es denso. No es un incendio, no, es el eco lejano de una comida entre José Luis Rodríguez Zapatero y José Luis Escrivá en septiembre de 2020. Una cena que, según el juez Calama, podría haber allanado el camino para un rescate de Plus Ultra con 53 millones de euros de dinero público. 53 millones, señores, lo que cuesta poner en marcha un hospital de última generación, o, para que lo entiendan mejor, el precio de unas cuantas cocinas de diseño para políticos con gusto exquisito. La historia se complica como un nudo en un cable de la OCU. Plus Ultra, una aerolínea con menos aviones propios que un taxista con deudas, necesitaba respirar. Tenía una deuda importante con la Seguridad Social, un agujero contable que la alejaba del rescate. Pero, ¡oh, sorpresa!, un aplazamiento de pago, convenientemente autorizado, abrió las puertas del paraíso. ¿Fue Escrivá, entonces ministro, quien tiró de hilos? El juez lo investiga. La sombra de la sospecha, esa que mancha hasta el mejor traje, se extiende ahora sobre el Banco de España, una institución con más de 3.000 empleados y un equipo de economistas que, irónicamente, deberían estar prediciendo estos desastres. El PP, con cara de pocos amigos, ha declarado la 'guerra total'. Quieren ver a Escrivá acorralado en el Senado, respondiendo a preguntas incómodas sobre esa comida y sus posibles consecuencias. Y mientras tanto, la reputación del Banco de España, antes a prueba de bombas, ahora tiembla como un flan. ¿Recuerdan el caso Bankia? Tres altos cargos dimitieron en su día. Escrivá, por ahora, se defiende. Pero el ruido, ese que corroe la confianza, ya ha empezado a inundar los pasillos de Cibeles. Un rescate con aroma a bombo y platillo, y un gobernador en el ojo del huracán. La cosa pinta fea, muy fea.
España, tierra de laberintos burocráticos y promesas incumplidas. Mientras nos venden la moto de una universidad pública autosuficiente, la realidad es que el sector privado, con sus 400.000 estudiantes y entre 60.000 y 80.000 empleos generados, es el respirador artificial que evita el colapso. ¿La paradoja? El Estado, cual padre que niega la paternidad, exige a estas instituciones privadas una aprobación parlamentaria para existir, un trámite que para el resto de sectores (hospitales, colegios, incluso partidos políticos) es solo papeleo administrativo. Es como pedirle una ley especial a tu panadero para que te venda una barra de pan. Una chapuza legal que vacía el derecho a la defensa y la tutela judicial, dejando a los promotores universitarios a merced de los caprichos de las mayorías políticas. Y mientras tanto, la pública, ahogada en una infrafinanciación crónica (invertimos un 1,2% del PIB frente al 1,5% de la UE), se beneficia silenciosamente de esta ingeniería financiera. La investigación, dicen, es más prolífica en lo público. Mentira. La pública investiga más porque recibe el 93% de los fondos nacionales, el 97% de las infraestructuras científicas y más del 90% de los fondos autonómicos. Es como darle a alguien una mano llena de billetes y luego sorprenderse de que compre más cosas. La gratuidad de la pública, otro espejismo, se paga con el dinero de todos. En definitiva, un sistema universitario construido sobre una base de ilusiones políticas y económicas que, convenientemente, conviene ocultar. La universidad privada, mientras tanto, atrae talento internacional, dinamiza la economía y se convierte en el motor de la internacionalización, triplicando a la pública en captación de estudiantes extranjeros en grado y duplicándola en máster. Un dato que, evidentemente, no sale en los titulares.
El viaducto de Tremor, en León, parece tener un gemelo siniestro. Uno que, según el PP, el Gobierno de Sánchez prefiere mantener en la sombra, como un secreto de familia mal guardado. ¿Por qué? Porque es idéntico al de O Castro, el que se desplomó en 2022, dejando un reguero de sustos y preguntas sin respuesta. En mayo de 2023, el Ministerio de Transportes, con el acelerador a fondo, encargó una inspección de “emergencia” –sí, como si la seguridad fuera una opción–, citando un “grave peligro”. Y, ojo, que la cosa no acabó ahí: en marzo de 2024, más impermeabilización, más monitorización (que ahora parece una vigilancia constante), desvíos que convierten la A-6 en un laberinto y un estudio de “alternativas de gran reparación”. Traducido: se están gastando pasta, pero nadie dice dónde va a parar. La respuesta del Ministerio de Óscar Puente, lejos de aclarar, es un enlace a la documentación de expropiaciones para un futuro viaducto. Es decir, en lugar de decir qué tal está el que tenemos, nos ofrecen el plan B. Las diputadas Ester Muñoz y Silvia Franco, hartas de correos electrónicos sin respuesta, denuncian la “inaceptable” actitud del Gobierno. Y no les falta razón: 1,49 millones de euros adicionales en marzo de 2026, sin ni siquiera una explicación mínima. ¿Qué patologías tiene el viaducto? ¿Qué riesgos corremos al pasar por encima? ¿Qué se ha hecho, exactamente, con el dinero público? Preguntas que, por ahora, quedan flotando en el aire, como escombros de un puente a punto de caer. En resumen, el Gobierno prefiere hablar de futuros puentes que de arreglar los que ya tenemos. El silencio, al parecer, es la mejor política… o la más barata.
Mientras la lista de la compra se encarece cada día, el Gobierno decide que Suiza no necesita un 'enlace'. Un juez que, casualmente, estaba destapando una trama con el ex-presidente Zapatero y 53 millones de euros de Plus Ultra. Félix Bolaños, ministro de Justicia, nos asegura que es una simple reestructuración, una optimización de recursos. Como si el saber que alguien te está siguiendo desapareciera mágicamente. La jueza Silvia Martínez Cantón, cesada en mayo de 2026, era el dolor de cabeza de ciertos círculos. Ahora, la cooperación con Suiza se gestionará desde Francia, porque, según el ministro, “hay demasiado trabajo en Francia”. Sí, demasiado trabajo para que un juez se dedique a Suiza, donde, al parecer, desentrañaban una historia que no apetecía contar. La denuncia de la Fiscalía Anticorrupción, allá por 2024, apuntaba a un “uso indebido” de esos 53 millones rescatados en 2021. Francia y Suiza, al tanto, enviando peticiones de cooperación. Y el Gobierno, con la tijera en mano, eliminando al incómodo juez. Bolaños insiste: “No ha habido ninguna sustitución”. Solo una reubicación estratégica, un cambio de aires. El BOE de mayo confirma la jugada. La misión de un juez de enlace, según la web del Ministerio, es “promover y facilitar la cooperación judicial”. Pero, a veces, la cooperación judicial es más eficiente en la oscuridad. El artículo 42.6 de la Ley 2/2014 permite al Gobierno crear o suprimir plazas de magistrados de enlace. Un Real Decreto y listo. Un agujero legal para tapar otro agujero, esta vez, contable y político. La historia, en resumen, es que cuando el río suena, a veces, es porque alguien ha tirado piedras… o ha silenciado al que las veía caer.
Mientras el precio de la gasolina sigue subiendo y el IBEX 35 tose, las grandes potencias europeas han decidido jugar a ser diplomáticos… pero sin nosotros. Italia, Reino Unido, Francia, Alemania, Canadá, Australia y Nueva Zelanda, cual club de ricos, han firmado un comunicado en el que le ponen el dedo en la llaga a Israel por los asentamientos en Cisjordania. Unos asentamientos que, según denuncian, están “socavando” las posibilidades de una solución de dos estados. ¿Socavando? Más bien dinamitando, diría yo. En el documento, que parece escrito con lupa para no mancharse las manos, exigen a Israel que frene la expansión de esos asentamientos y que investigue la violencia de los colonos. A la vez, piden que se levanten las trabas económicas a la Autoridad Palestina, como si soltar unos cuantos euros fuera a solucionar décadas de conflicto. Y, por si fuera poco, alertan sobre el plan E1, un corredor que, según afirman, dividiría Cisjordania en dos. Es decir, más leña al fuego. Lo curioso es que, mientras se preocupan por el derecho internacional –que, claro, es muy bonito sobre el papel–, también advierten a las empresas privadas de los “riesgos legales y de reputación” de participar en licitaciones de construcción en la zona. En cristiano: que no se metan en líos, que el negocio es peligroso. Y, como guinda del pastel, condenan a aquellos que “abogan por la anexión y el desplazamiento forzoso”. Unas palabras bonitas que suenan a poco, especialmente cuando España no está ni invitada a la fiesta. Porque, al parecer, en este baile de intereses, tenemos el papel de espectadores de pago. Una vez más.
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