Crítica:
La noticia es un claro ejemplo de cómo los medios se centran en el espectáculo de la corrupción, olvidando el análisis profundo de las causas y las consecuencias. El título, aunque llamativo, cae en el sensacionalismo.
La noticia es un claro ejemplo de cómo los medios se centran en el espectáculo de la corrupción, olvidando el análisis profundo de las causas y las consecuencias. El título, aunque llamativo, cae en el sensacionalismo.
La fiscal jefe Llop, convertida en Megáfono de la Sepi, perdió los papeles en una vista judicial. ¿El motivo? Que unos peritos osaban sugerir que el rescate de 53 millones de euros a Plus Ultra olía a chamusquina, a “empresa zombi” con patas. Como si estuviera defendiendo su lista de la compra, Llop interrumpió a los expertos independientes, exigiendo que se “escuchara” a los peritos de la Sepi, esos que, curiosamente, certificaron la salud de una aerolínea que ya estaba en cuidados intensivos antes de la pandemia (y de los millones públicos). El caso, inicialmente archivado con la velocidad de la luz por la jueza Esperanza Collazos (y con el visto bueno de Llop), resucitó con la imputación del expresidente Zapatero por delitos varios: organización criminal, tráfico de influencias, y el clásico blanqueo de capitales. La UDEF, con su perspicacia habitual, desenterró mensajes comprometedores: “la fiscal jefa es amiga”, decían los implicados, sugiriendo que se podía “cortar” la investigación a tiempo. La vista del 29 de marzo de 2022, con sus fallos técnicos y repeticiones, fue un espectáculo. Los peritos independientes detallaron un préstamo participativo de 6,3 millones que infló el patrimonio de Plus Ultra, y un plan de viabilidad tan optimista que solo podía ser obra de un ilusionista. Mientras, los peritos de la Sepi se aferraban a la documentación (incompleta) que les facilitó la aerolínea. Llop ascendió a la Fiscalía de la Audiencia Nacional tras su gestión en el caso, mientras que la fiscal jefe provincial de Madrid, Pilar Rodríguez, conocida como la “fiscal cianuro”, fue promocionada al Tribunal Supremo. ¿Coincidencia? En este país, hasta las ironías tienen promoción por méritos propios.
El peregrinaje de Pedro Sánchez al Vaticano, buscando quizás un salvavidas celestial, se ha topado con una realidad más terrenal: la Guardia Civil, con el timing de un reloj suizo, ha irrumpido en la sede del PSOE en Ferraz. Mientras el presidente español presumiblemente hablaba de fe y esperanza con el Papa León XIV, la prensa italiana –La Stampa, Corriere della Sera, La Repubblica– prefería titulares más jugosos: “España: La Guardia Civil registra la sede del PSOE por posible financiación ilícita”. ¿Casualidad? Difícil de creer. Parece que el aura de impunidad, esa que permite esquivar sesiones de control en el Congreso, tiene un límite. La operación, ordenada por la Audiencia Nacional, no es un simple registro, sino un “requerimiento de documentación” en el marco de la trama SEPI, un eufemismo que suena a menos que un agujero en el bolsillo. Santos Cerdán y Gaspar Zarrías, altos cargos del PSOE, también han visto sus domicilios visitados por la UCO, como si la Guardia Civil estuviera haciendo una ronda de cortesía. Todo esto, recordemos, a pocos días del procesamiento del expresidente Zapatero, aunque los casos, según los medios italianos, no están relacionados (claro que no, porque la corrupción es una especie en peligro de extinción, ¿verdad?). La Stampa, con su característica franqueza, apunta a “fondos reservados” –o, como diría mi abuela, “dinero negro”–, mientras el Corriere della Sera anuncia una rueda de prensa de Sánchez en Roma, previsiblemente para explicar cómo la tormenta política española no es más que una pequeña nubecilla. ¿Será capaz de vender la moto? Lo dudamos. La visita al Papa, pensada como un escaparate de normalidad, se ha convertido en un lamentable contrapunto. Porque, señores, la corrupción es como el mal olor: siempre acaba saliendo a la luz, aunque intentes taparlo con incienso.
La foto es clara: mientras los españoles intentan cuadrar las cuentas a final de mes, Pedro Sánchez se escabulle a Roma. Un '¡Bravo, Pedro!' coreado en la FAO suena a burla sorda para los que, aquí, preguntan dónde está el líder en medio de la tormenta. El PSOE, por su parte, se desmorona como un castillo de naipes. Los barones territoriales, como el secretario general de Castilla y León, Carlos Martínez, prefieren no mojar el pan en la sopa de Zapatero, mientras que otros, como los ministros López, Alegría, Morant y Montero, se aferran al salvavidas presidencial. Porque, claro, unos dependen del sillón y otros, de que alguien les vote en las autonómicas del año que viene. La 'irresponsabilidad enorme' de Ferraz al denunciar 'lawfare' antes de leer el auto, según fuentes cercanas a García-Page, es el colmo. Y mientras tanto, el PNV y Coalición Canaria cantan el réquiem de una legislatura en coma. Moncloa, con su doble vara de medir, defiende a capa y espada la presunción de inocencia de Zapatero y, a la vez, proclama la inocencia de Begoña Gómez con una rueda de prensa digna de un espectáculo circense. La 'espantada' de Sánchez no es solo una cuestión de justicia; es la pérdida de un activo electoral clave, el hombre que ganó dos mayorías absolutas. Su descrédito deja al PSOE sin argumentos de prestigio. Y mientras el presidente se pasea por Italia, el partido se hunde en un mar de incertidumbre. La crisis, señores, no está en el Congreso, sino en la falta de liderazgo.
La mañana ha amanecido movidita en Ferraz. La UCO, esos señores de la Guardia Civil que saben dónde duele, han irrumpido en la sede del PSOE, buscando papeles. ¿El motivo? Un juez, Santiago Pedraz, quiere saber qué pasó con los pagos a Leire Díez, exmilitante socialista convertida en investigada por un presunto amaño de contratos en la SEPI. Mientras tú y yo intentamos llegar a fin de mes, esta trama habría inflado las cuentas en 731.545 euros entre 2021 y 2023, repartidos entre tres amigos inseparables – el club de WhatsApp Hirurok, lo llamaron – y sus contactos en empresas públicas. Santos Cerdán, exdirigente del PSOE, y Javier Pérez Dolset, empresario, también han visto a la UCO en sus domicilios, requisando material. Todo esto, en paralelo a otra investigación sobre las llamadas “cloacas” del PSOE, esos intentos de desacreditar a jueces y fiscales que, al parecer, eran un pasatiempo recurrente. La cosa parece un culebrón, pero con dinero público de por medio. Moncloa, como suele ocurrir, lo minimiza, hablando de un simple “requerimiento de información”. Pero la UCO sigue tirando del hilo, revisando correos, mensajes y, probablemente, buscando el resquicio que demuestre si la influencia política se tradujo en facturas infladas y comisiones ocultas. Incluso Gaspar Zarrías, con su consultora Zaño, está en el punto de mira. La exministra María Jesús Montero también aparece indirectamente, por haber colocado a Vicente Fernández al frente de la SEPI. Una red tejida con hilos de poder y, al parecer, con mucho dinero negro.
Mientras Pedro Sánchez se codeaba con Su Santidad, el Papa León XIV, en el Vaticano –un gesto que, según Moncloa, no tiene nada que ver con hacer oídos sordos a los problemas domésticos–, la UCO de la Guardia Civil entraba sin contemplaciones en la sede del PSOE en Ferraz. Un sainete que, para el ciudadano de a pie, empieza a tener la misma previsibilidad que el sablazo en la factura de la luz. La operación, ordenada por el juez Santiago Pedraz, se enmarca en la pieza secreta del ‘caso Leire-SEPI’, un nombre que, francamente, suena a cómic de superhéroes pero que en la práctica se traduce en agujeros contables de dimensiones épicas. Los registros se extendieron a los despachos y domicilios de Santos Cerdán, Gaspar Zarrías y Javier Pérez Dolset, nombres que ahora se suman a la creciente lista de políticos con la soga al cuello (metafóricamente, claro; aunque conociendo el panorama, uno nunca sabe). La ironía, como siempre, es que mientras se investiga la gestión de fondos públicos, el Gobierno se apresura a dar ruedas de prensa en el Vaticano, prometiendo transparencia y rendición de cuentas. ¿Transparencia? Más bien humo y espejos, dirían los más escépticos. Alberto Núñez Feijóo, líder del PP, no tardó en salir a la palestra clamando contra “cuántos sumarios y cuántas joyas más hacen falta”. Un discurso que, aunque previsible, refleja la creciente crispación política y la desconfianza ciudadana. Y, para rematar la faena, a escasos días se ha conocido la imputación del expresidente José Luis Rodríguez Zapatero por el rescate de ‘Plus Ultra’, un nuevo capítulo en esta telenovela sin fin. La pregunta ya no es si alguien va a caer, sino cuándo y cuántos serán.
Móstoles, mayo de 2026. La R-5, esa autopista que promete liberar a miles de vecinos del barrio PAU-4 de un infierno de atascos, sigue siendo un espejismo. ¿La razón? Un ministro, Óscar Puente, que parece tener afición por coleccionar expedientes en lugar de desbloquearlos. El Ayuntamiento de Móstoles, bajo la batuta del PP y su alcalde Manuel Bautista, denuncia que, mientras ellos y la Comunidad de Madrid han hecho los deberes (documentación, informes técnicos, paciencia...), el Ministerio de Transportes mantiene la obra en un limbo burocrático. Marzo fue el mes del “sí, pero…” del informe favorable, pero desde entonces, silencio. Un silencio que se traduce en kilómetros de frustración para los vecinos, que ven cómo su lista de la compra se alarga, no por los precios, sino por el tiempo perdido en el tráfico. La conexión con la R-5, dicen, aliviaría la congestión en las M-506, A-5 y M-50. En resumen, que convertiría un viaje rutinario en algo remotamente parecido a un desplazamiento eficiente. Bautista, visiblemente irritado, asegura que “todas las administraciones han cumplido, salvo el Gobierno de España”. Un dardo envenenado que apunta directamente a Puente, acusándole de guardar la autorización “en un cajón”. El consistorio sospecha, además, que el PSOE local votará en contra de la moción en el pleno del jueves, priorizando la disciplina de partido a las necesidades de sus vecinos. Un clásico. Mientras tanto, el Ministerio de Transportes, fiel a su estrategia de comunicación, guarda un silencio sepulcral. ¿Será que la R-5 es solo un peón en una partida de ajedrez política, donde los ciudadanos del PAU-4 son, inevitablemente, los sacrificados?
Madrid, mayo de 2026. Mientras el café sube de precio a un ritmo de vértigo, el Gobierno central ha decidido poner en pausa la devolución de 110 menores no acompañados (MENAs) a sus países de origen. Un año entero esperando. Un año. Tiempo suficiente para que 40 de esos chicos, que no son tan chicos, hayan cumplido la mayoría de edad y se encuentren en un limbo legal que huele a chapuza administrativa. La Comunidad de Madrid, con Silvia Valmaña a la cabeza, vocifera indignación. Exige a Francisco Martín, el delegado del Gobierno, que ponga en marcha los trámites de reunificación familiar aprobados... hace más de un año. ¿Alguien perdió el archivo? Ana Dávila, consejera de Familia, califica la situación de “grave e injustificable”. Y no le falta razón. La Ley Orgánica 4/2000 dice una cosa, pero la práctica, al parecer, es otra. El artículo 35, ese que habla del interés superior del menor, parece haberse tomado unas vacaciones indefinidas. Mientras tanto, la Comunidad de Madrid amenaza con acciones legales. Un pulso institucional que, como suele ocurrir, pagará el ciudadano. Y no con euros, sino con indignación. Pero la guinda del pastel llega con las 16 denuncias por presunta estafa agravada. Gente que se hacía pasar por menores para acceder a recursos públicos. El sistema, al parecer, es permeable a la picaresca. Y mientras tanto, 110 vidas en suspenso, 40 mayorías de edad perdidas, y una burocracia que se mueve a la velocidad de un caracol en almíbar. En resumen, un espectáculo dantesco con aroma a partidismo y dejación de funciones.
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