La directora de la Guardia Civil, Mercedes González, ha hecho un giro de guion digno de serie de Netflix: primero negó, ahora confiesa. Resulta que sí, se reunió con Leire Díez, la fontanera del PSOE, en al menos tres ocasiones. Tres cafés, quince minutos cada uno, suficientes para que la credibilidad saliera volando por los aires.
El ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, ya está buscando un agujero donde esconderse, porque también había negado estos encuentros. La cosa huele a chamusquina, y no precisamente por el café.
González, en un comunicado que parece escrito por un abogado experto en evasivas, insiste en que las reuniones fueron “personales”, una conversación sobre el tiempo, quizás, o sobre lo caras que están las lentejas.
Pero la fontanera, aprovechando la confianza, soltó la bomba: ¿podía el comandante Rubén Villalba, envuelto hasta las cejas en el caso Koldo, volver a su puesto? Un “no” rotundo, dice González. Pero la sombra de la duda persiste, como el olor a fritanga en un bar a las tres de la mañana.
Según la UCO, los encuentros fueron más frecuentes y las conversaciones más profundas, con filtraciones a la prensa como telón de fondo. ¿Intentaban tapar algo? ¿O simplemente echar barro a los demás? Lo que está claro es que, mientras el ciudadano de a pie paga sus impuestos con sudor y lágrimas, el club de las reuniones secretas se toma cafés a costa de la credibilidad pública.
Y el precio, amigos, es altísimo. El caso Koldo, con sus millones en juego, parece un juego de niños comparado con esta trama de mentiras y desmentidos.
Crítica:
El comunicado de González es una obra maestra de la ambigüedad. Intentan convencer al público de que todo es una coincidencia, pero las pruebas de la UCO cuentan una historia muy diferente. El título, aunque llamativo, podría ser más directo.
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