El 19 de noviembre de 2017, mientras la gente todavía debatía si el coche de la familia Manson había sido entregado a la policía, el infame líder de culto de 83 años cayó muerto en un hospital de Bakersfield. No fue un golpe de la balanza, sino un trágico colapso cardíaco, arrastrado por el cáncer de colon que había estado saboteando su sistema como un viejo ventilador sin filtro.
La muerte de Manson no terminó la saga; provocó un circo de reclamos más grande que la propia historia que él escribía. La novia de 19 años, Afton Elaine Burton, que había llegado a California con 2.000 dólares y una convicción más fuerte que la propia justicia, intentó un plan de exhibición en una criptografía de cristal, como si el cadáver fuera una pieza de museo sin derechos.
Burton, con su compañero Craig Hammond, ofreció regalos de lujo a Manson para que firmara un documento de cesión de cuerpo. El maestro del engaño, sin embargo, se negó a ser un peón, preferiendo una licencia de matrimonio que nunca se realizó. La ley, sin embargo, siguió su curso y en marzo de 2018 el tribunal superior de Kern County le entregó el cuerpo a su nieto, Jason Freeman, quien lo incinéró y esparció en una colina de Porterville.
El proceso, que comenzó con un hospital y terminó en una colina bajo un cielo gris, recuerda la ironía de la vida: el que más provocó el terror fue el que más tarde se convirtió en una reliquia que la sociedad trató con la misma indiferencia que un cadáver de un turista perdido en la playa.
Mientras la gente sigue preguntándose quién tendrá su cuerpo, la verdadera lección es que la muerte no hace distinciones, ni siquiera entre aquellos que la han marcado con sangre y aquellos que solo la han vendido como espectáculo. El número de visitas a la página de MansonDirect en 2017 aumentó un 150 % durante la campaña de Burton, pero la demanda de visibilidad del cadáver nunca superó a la de la palabra “justicia”.
Los abogados de Burton, al insistir en la venta de la “experiencia” de ver a Manson, también mostraron cómo la cultura del consumo de horror y la economía de la fama pueden colisionar sin que el público perciba el contraste. El caso de Manson demuestra que la palabra “cuerpo” puede ser un objeto de negociaciones, de derechos de autor y de fantasías de la cultura pop, donde la muerte se convierte en una mercadería que se vende y se compra como si fuera un ticket de concierto de rock.
En esta historia de la que los medios sólo cubrieron los titulares, la mayoría de la gente nunca supo que el verdadero espectáculo era el proceso legal, las demandas de herederos, y la simple realidad de que incluso los más temibles se reducen a cenizas.
Crítica:
El artículo se encarga de la historia sin profundizar en la moralidad de la gestión de restos, dejando al lector con más preguntas que respuestas. Además, el título sugiere más drama de lo que la realidad muestra.
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