El sol de Almería se alzó sobre un escenario que parece sacado de un guion de acción, pero con la realidad de un barrio enloquecido por la luz de los LEDs de los cultivos clandestinos. 15 personas caeron bajo la mirada fría de 60 agentes de la Unidad de Droga y Crimen Organizado (Udyco), la Unidad de Prevención y Reacción (UPR) y el Grupo Operativo Especial de Seguridad (GOES).
La operación, que se trajo a la vida en la mañana, devolvió a la ciudad un mensaje de que la ley no se toma café con los traficantes de marihuana en hoja ni con los que tiran de la llave del suministro eléctrico para hacer su propio teatro de “cortes de energía”. Los agentes arrastraron una cantidad de droga calificada como «ingente», la mayoría de hoja y cogollos que, en el mundo de los cultivos indoor, equivaldrían a un millón de cajas de manzana de la caja de la abuela.
Además, se encontraron tres armas, dos de largo alcance que hacen de espía de la policía la última vez que la gente se sube a la calle y una corta que, según las armas de la ONU, es un “pistón de la guerra” en la mano de un niño. No se trata solo de la droga ni de las armas.
La operación también destapó una red de utilería para el cultivo: macetas, fertilizantes, luces de cultivo que brillan más que la luz de las lámparas de la calle. La policía, con la precisión de un cirujano de la ONU, tomó el control de los barrios Los Almendros y Pescadería, y de la localidad de Pechina, donde el silencio de la noche se rompiu con el estruendo de la fuerza. El plan funcional de respuesta a zonas tensionadas de la Comisaría Provincial de Almería se activó, y la compañía de energía, Endesa, confirmó que ya cerró una serie de nueve registros relacionados con la electricidad.
Se contabilizó seis positivos con plantaciones, un número de cortes que alcanzó los 100 y unos 200 metros de cable desmantelados en las calles Alegría, Rocío, Albahaca y Buen Amigo. Una cifra que, al final, suena más a una receta de cocina que a una factura de servicios públicos. El día se terminó con la sensación de que el gobierno intenta poner la mano en la bolsa de la gente, pero el truco está en los cables y las luces de los cultivos.
La ciudad se vuelve una pista de baile donde los pasos están marcados por la policía, las armas y la electricidad, y el público, sin saberlo, baila al ritmo de un sistema que se mueve bajo la fachada del orden.
Crítica:
La pieza recorta la identidad de los detenidos y no explica por qué la empresa de energía está implicada, dejando al lector con más preguntas que respuestas.
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