La farsa del protocolo de Sanidad: el psicólogo del convoy del hantavirus se va a casa paseando su EPI en la mano

Sanidad: del hantavirus al ridículo

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  Una escena surrealista en un puerto canario al atardecer. A la izquierda, un muelle con autobuses militares rojos de la UME y agentes con trajes NBQ de astronauta, posando para fotos. Al centro, un psicólogo camina por la acera con un traje de protección colgando de la mano como un abrigo usado, mirando al horizonte con indiferencia. Al fondo, un crucero anclado con guardarratas rotos colgando como adornos navideños baratos. En el agua, un cayuco pequeño y precario flota a la deriva, ignorado por las autoridades. El cielo tiene un tono anaranjado dramático, como en una película de catástrofes mal dirigida. Sin texto, solo atmósfera de caos organizado.

El hantavirus llegó a Granadilla, pero el protocolo se fue de vacaciones. Mientras los roedores de los Andes se afanaban en su labor de distribuidores de virus (sí, como los repartidores de Glovo, pero con menos salario y más mala leche), el Estado español montó el operativo sanitario más teatral de la historia reciente.

Trajes NBQ para la Guardia Civil, autobuses blindados de la UME y un despliegue de seguridad que recordaba más a una película de contagio de Hollywood que a una respuesta real. Pero, claro, esto es España: donde el protocolo brilla por su ausencia y la improvisación por su creatividad desbordante. El muelle olía a desinfectante y a salsa blanca.

Los buques amarrados en el puerto de Granadilla exhibían sus guardarratas (sí, esos discos que ahuyentan a los roedores) rotos, colgando como farolillos de Navidad baratos. Una imagen que lo decía todo: el Estado apaga incendios con bengalas de colores, pero prevenir es de pobres.

Mientras tanto, el crucero MV Hondius desembarcaba a sus pasajeros españoles a mano descubierta, sin guantes, sin mascarillas, y con sus maletas precintadas como si fueran paquetes de Amazon con advertencia de fragilidad. Porque, ¿qué es más importante? Que el equipaje no se abra… o que las manos de los ciudadanos no se contagien. El cayuco que se coló por la puerta de atrás.

Pero el show no terminó ahí. A 10 millas náuticas del puerto, un cayuco a la deriva —ese tipo de embarcación que parece sacada de un reality de supervivencia— apareció como un intruso en una fiesta exclusiva. El problema: la embarcación de Salvamento Marítimo encargada de vigilar la zona desapareció del mapa, desviada para atender la crisis migratoria de turno.

Porque, ¿qué es más urgente? Un virus exótico o un puñado de personas buscando tierra firme? El Gobierno no lo tenía claro, y eso es preocupante cuando hablamos de salud pública. El sectarismo que envenenó la respuesta. Pero el broche de oro llegó con el teatro político.

El Ministerio de Sanidad, dirigido por Mónica García, ordenó retirar las ambulancias del Servicio Canario de la Salud (SCS) que estaban en el puesto de mando. ¿Por qué? Porque, según el guion, no podía quedar rastro de que el Gobierno central dependía de las autonomías para gestionar la crisis.

¡Qué bonito es el orgullo institucional! Mientras los militares de la UME se paseaban en sus autobuses rojos como estrellas de rock, las ambulancias —las únicas que podían salvar vidas— fueron sacadas del escenario como un decorado incómodo. El resultado: una zona crítica sin recursos, pero con fotos para el álbum familiar. El psicólogo que se llevó el EPI de recuerdo.

Y para rematar la faena, las cámaras captaron el clímax de la farsa: un psicólogo del convoy, encargado de calmar a los evacuados, se bajó del autobús con su traje de protección en la mano, como si fuera un chándal usado. Mientras la Guardia Civil se movía en trajes de astronauta para no contaminarse, este señor caminó por la calle como si nada, sin descontaminación, sin protocolos.

Una metáfora perfecta: el Ministerio de Sanidad exige trajes espaciales para la foto, pero deja la puerta de atrás abierta de par en par. Datos que duelen (y mucho): - 2 millones de euros en operativo de bioseguridad… pero con guardarratas rotos. - Pasajeros evacuados sin guantes, mientras los militares lucían trajes NBQ. - Ambulancias del SCS retiradas para que no se viera la dependencia autonómica. - Un cayuco sin control, porque el Gobierno prefirió atender otra crisis. - Un psicólogo con el EPI en la mano, porque el protocolo es opcional. Esto no es gestión sanitaria: es un reality show con vidas en juego.

Mientras los políticos se pelean por quién manda más, los ciudadanos pagan el pato. Y lo peor es que, cuando llegue la próxima crisis, volveremos a ver lo mismo: teatro, improvisación y un EPI en la mano de alguien que debería saber mejor.

Crítica:

El artículo destripa la hipocresía con datos duros y un humor negro impecable, pero echa en falta un análisis más profundo sobre por qué se priorizó la imagen sobre la salud —¿miedo a perder votos? ¿sectarismo institucional?—. El título original era aburrido; este, en cambio, clava como un cuchillo de mantequilla.

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