Belén Gualda conocía el apaño con los venezolanos cuando se negó a hablar de los accionistas de Plus Ultra

Gualda calló el apaño: 53M en humo

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  Una sala del Senado en penumbra, con luz tenue filtrándose por cortinas gruesas. En primer plano, una mano anónima (guante blanco, uñas perfectas) firma un documento con tinta dorada mientras al fondo se ven siluetas de políticos discutiendo en susurros. Sobre la mesa, un sobre abierto con billetes de 500 euros flotando como humo. Al fondo, una pantalla gigante muestra el logo de Plus Ultra desvaneciéndose en una mancha borrosa. Estilo: fotografía de periodismo de investigación de los 70, con toques de cine negro y colores desaturados (azules fríos, rojos oxidados).

El rescate de 53 millones que se esfumó como un chiste malo. Mientras los españoles apretaban el cinturón en 2020 —aquella época dorada en la que el pan de molde costaba como un billete de avión—, la SEPI, ese fondo público que debería ser más transparente que el cristal de una catedral, se deshacía en halagos para salvar a Plus Ultra.

La aerolínea, ahogada en deudas, recibió un cheque en blanco con condiciones claras: los accionistas venezolanos detrás de SNIP Aviation no podían tocar ni un solo título. Era la regla del juego. O eso decían. Pero el 30 de mayo de 2025, mientras el Gobierno de Pedro Sánchez firmaba cheques sin fin para otros menesteres, los dueños de Plus Ultra —esos mismos que el Estado había rescatado— negociaron en secreto su salida.

La operación, sellada el 10 de octubre con notario de por medio, olía a apaño desde el primer momento: la SEPI, en lugar de declarar el vencimiento anticipado del préstamo (como exigía el contrato), aprobó la venta el 21 de noviembre de 2025, como quien firma un autógrafo en una fiesta ajena.

53 millones de euros públicos se quedaron en el aire, pero los accionistas venezolanos se fueron de rositas, sin devolver ni un céntimo. ¿El detalle más jugoso? Todo esto ocurrió justo unos días antes de que la UDEF allanara sus oficinas por un supuesto caso de blanqueo de capitales.

Coincidencia? Para los que creen en Papá Noel, quizá. Belén Gualda, la presidenta de la SEPI, sabía perfectamente de qué iba el tema. El 13 de abril de 2026, mientras el Senado le preguntaba a gritos por los nuevos dueños de Plus Ultra, ella se hizo la sueca. El senador Salvador de Foronda, del PP, le lanzó la pelota varias veces: «¿Quiénes son los accionistas de Plus Ultra?».

Gualda, en lugar de responder, prefirió jugar al escondite. Cuando la presidenta de la comisión, Ana Beltrán, le dio un tirón de orejas («Deje que diga quiénes son los accionistas»), la respuesta fue un silencio incómodo, como el de un camarero que se olvida de traerte la cuenta.

Si hubiera hablado, habría tenido que explicar por qué la SEPI cambió las reglas del rescate a última hora y por qué validó una operación que, técnicamente, debería haberle costado el puesto a los accionistas originales. El senador Foronda no lo dijo con flores: «Esto huele a opacidad institucional, como esos préstamos puente de Simon Leendert Verhoeven que se saldaron con dinero público».

Y tiene razón. Porque mientras los ciudadanos se quejan de que el IBI sube más que el termómetro en agosto, la SEPI negocia con accionistas vinculados a operaciones sospechosas y luego tapa el asunto como si fuera un chisme de vecindad. El rescate de Plus Ultra no fue un acto de generosidad: fue un agujero contable disfrazado de salvación empresarial.

Y lo peor es que, cuando te acercas a preguntar, te cierran la puerta en las narices. La moraleja? En España, cuando el dinero público se mezcla con negocios turbios, siempre hay alguien —generalmente un político o un funcionario— que prefiere callar antes que explicar por qué 53 millones de euros se evaporaron como el humo de un cigarrillo en una discoteca.

Belén Gualda no solo conocía el apaño: lo aprobó. Y ahora, mientras los venezolanos se frotan las manos, los contribuyentes seguimos pagando la factura. Como siempre.

Crítica:

La crónica de La Radioteca deja claro que la opacidad no es un defecto de fabricación, sino un modus operandi: los datos duros (fechas, contratos, declaraciones) están ahí, pero falta el porqué de la SEPI para aprobar una operación que, técnicamente, incumplía sus propias reglas. ¿Hubo presión política? ¿Intereses ocultos? El artículo no lo dice, pero el silencio de Gualda grita más que mil declaraciones.

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