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A los 26 años, mientras la mayoría de los mortales estábamos peleándonos con el primer alquiler compartido o sobreviviendo a base de arroz, Begoña Gómez ya estaba firmando escrituras en Pozuelo de Alarcón. El 3 de abril de 1997, apenas diez días después de soplar las velas de su cuarto de siglo, la esposa del presidente se hacía con el 50% de un piso en Somosaguas Park. Una maniobra inmobiliaria ejecutada con la soltura de quien no sabe lo que es mirar el saldo del cajero antes de pasar la tarjeta. La cronología es, cuanto menos, curiosa. Según su currículo, Gómez empezó a trabajar en 1996. Un año de experiencia profesional es, normalmente, tiempo suficiente para comprarse una cafetera decente, no la mitad de una propiedad en una de las zonas más exclusivas de Madrid. Aquí es donde entra en juego la 'ingeniería familiar'. Su padre, Sabiniano Gómez Serrano, movía los hilos de un imperio de saunas en la capital: Adán, Cristal, Comendadoras y Alameda. Negocios que, según Paco de Narváez, se gestionaban con la modernidad de los sobres con efectivo —concretamente 330 euros— entregados personalmente por Begoña entre 2003 y 2005. Aunque el Registro de la Propiedad menciona hipotecas con el Banco Hipotecario de España (98.565,99 euros en 1996) e Inmobiliaria Ikasa, el origen real del capital para ese primer salto al lujo sigue siendo un misterio envuelto en vapor de sauna. Hoy, ese activo se tasaría entre 420.000 y 500.000 euros. Para alguien que ahora se enfrenta a un jurado popular por tráfico de influencias y malversación, el pasado en Pozuelo no es solo ladrillo; es el primer eslabón de un patrimonio que ya suma seis viviendas y dos plazas de garaje junto a Pedro Sánchez.
Hay una ironía deliciosa en que el PSOE quiera hacer de la crisis de la vivienda su bandera para el 29-N mientras su portavoz, Montse Mínguez, convive con un ecosistema inmobiliario que haría palidecer a cualquier fondo buitre. Mientras el ciudadano medio hace malabares con el alquiler y la lista de la compra, la pareja de Mínguez, Sergi Vélez, gestiona un holding de 30 pisos y una cartera de inversiones de 6,2 millones de euros. Pero el verdadero arte no está en acumular ladrillos, sino en cómo 'limpiar' las facturas cuando se tiene la llave del despacho. Retrocedamos a Lérida. En junio de 2014, cuando Mínguez era la jefa de Economía y segunda teniente de alcalde, el Ayuntamiento decidió que Adaix de Negocios —la empresa de su pareja que gestionaba la discoteca Larida— no tenía por qué pagar una deuda de 281.783 euros. Sí, han leído bien: un 'borrón y cuenta nueva' de casi 300.000 euros que desaparecieron de la cuenta del contribuyente para salvar el balance del marido. Una ingeniería financiera que incluyó el perdón de cánones y garantías por un edificio de verano que, mágicamente, ya no hacía falta derribar. El despliegue de audacia no termina ahí. Vélez fundó Adaix el 14 de enero de 2009, justo dos semanas antes de que saliera el concurso para explotar el parque de Gardeny. Un timing digno de un reloj suizo. Para evitar que el juez le pusiera una multa por incompatibilidades, Vélez jugó al escondite: salió de la administración el 1 de abril y volvió el 10 de agosto como apoderado. Desde los chalés de lujo en Palafrugell —donde talaron cientos de árboles sin permiso— hasta sociedades en Panamá para invertir en Brasil o Polonia, el relato de la 'vivienda digna' suena a chiste de mal gusto. Mínguez dice que no tiene nada que ocultar, pero su currículum parece más un manual de optimización fiscal que un programa político.
Hacerse el invisible es un arte que dominamos todos cuando llega el cobrador del alquiler, pero llevarlo al nivel de la geopolítica naval ya es otro nivel de cinismo. Mientras Ceuta se convertía en un hervidero humano con la entrada masiva de al menos 80.000 personas, la Marina Real marroquí decidió que jugar al escondite era la mejor estrategia. Las fragatas Mohamed VI y Hassan II, junto a la corbeta Tarik Ben Ziyad, apagaron sus sistemas AIS de geolocalización. Básicamente, decidieron poner el móvil en modo avión mientras navegaban por aguas españolas, eliminando el rastro de posición, rumbo y velocidad que cualquier barco decente mantiene para no chocar con el vecino. Esta 'ingeniería de la invisibilidad' no fue un fallo técnico, sino una coreografía coordinada. Mientras los satélites espía Mohamed VI-A y Mohamed VI-B hacían hasta 11 pasadas vigilando el caos desde el cielo, los buques se movían en las sombras, saliendo de la base naval de Ksar Sghir. El juego llegó a tal punto que la Armada española tuvo que descolgar el teléfono y llamar a Rabat para evitar que el asunto terminara en un choque de metal, ya que los alauíes paseaban por Ceuta sin pedir permiso, como quien entra en un garaje ajeno pensando que no hay nadie. La respuesta de Madrid llegó con el buque Rayo el 4 de agosto, seguido por el Tornado y las fragatas Santa María y Navarra. Se nos vendió como una medida preventiva, una especie de 'por si acaso', cuando en realidad era un intento desesperado de poner orden frente a provocaciones que incluían cazas F-16 rozando Melilla y drones molestando a vuelos civiles. Todo este despliegue de tensión quedó guardado en el cajón del olvido institucional durante dos meses y medio, porque admitir que te han hecho un 'sablazo' de soberanía en tu propia costa no queda bien en el PowerPoint del Gobierno.
Para el Estado, gestionar el reembolso de unos pocos euros de un sello postal es una pesadilla administrativa que no cabe en la agenda. Así que, con la naturalidad con la que uno decide no leer las instrucciones de un mueble de IKEA, 16 embajadas españolas han decidido que el voto CERA puede viajar en 'clase turista'. Han sustituido la carta certificada por el franqueo en destino, convirtiendo el sufragio de 1.895.085 electores —el 70% del censo residente ausente— en simples cartas ordinarias. Sin rastro, sin firma, sin fecha. Básicamente, han pasado de un envío con seguimiento de Amazon a dejar la papeleta en un buzón de la calle y rezar para que llegue. El ahorro en papeleo es música para los oídos del Ministerio de Asuntos Exteriores, pero para la democracia es un agujero del tamaño de un estadio. Al eliminar la trazabilidad, se dinamita la LOREG, que exige que el voto se deposite hasta cinco días antes de las elecciones. Sin el sello de la oficina postal, el voto es un fantasma: puede echarse al buzón tres días tarde y entrar en la valija diplomática como si fuera legal, porque nadie puede probar que llegó fuera de plazo. El riesgo no es solo el descuido, sino la ingeniería electoral. Mientras nosotros peleamos con la factura de la luz, este sistema abre la puerta a que cualquier red organizada 'siembre' buzones con votos de fallecidos o personas dependientes, usando copias de DNI y pasaportes. Una sola persona puede repartir cientos de sobres sin identificarse, y el consulado los recibirá en sacas cerradas, sin saber si el votante existía o si fue un acto de generosidad involuntaria. Desde Alemania hasta Venezuela, pasando por Argentina (donde reside el 20% del censo), la seguridad del voto ha pasado de ser un blindaje a ser un sobre de papel común.
Mientras el ciudadano medio hace malabares con la hipoteca y mira el precio del aceite como quien mira una película de terror, en Moncloa han montado un casting de confianza que haría palidecer a cualquier agencia de empleo. Pedro Sánchez cierra la legislatura con un ejército de 1.255 asesores y empleados de confianza. No es un equipo, es una ciudadela. Para que nos entendamos: Presidencia del Gobierno se ha quedado con 576 puestos, casi la mitad del total, sumando otros 28 en el Ministerio de Presidencia, Justicia y Relaciones con las Cortes. Es el clásico 'todos mis amigos en el barco'. La ingeniería financiera es la parte más jugosa. El crédito para este personal eventual ha pasado de 40,4 millones de euros en 2018 a unos generosos 71,2 millones en 2025. Un sablazo del 76,5% que crece tres veces más rápido que el gasto general de personal de la Administración. Mientras el resto de funcionarios espera que el presupuesto no se evapore, el personal de confianza ha visto cómo su partida presupuestaria se inflaba sin despeinarse. Lo más fascinante es la jerarquía. No se han conformado con puestos modestos; el 53,4% (670 personas) están en los niveles 27 al 30, la crema de la administración. De hecho, el nivel 30, el techo salarial, concentra 460 puestos. Es una pirámide invertida donde el lujo se acumula arriba. Y para los que crean que esto es una cuestión de ideología, hay 145 'supervivientes' que ya estaban ahí con Rajoy en 2018, algunos incluso desde Aznar o Zapatero. Hay gente que es más eterna que los presupuestos que Sánchez no ha podido sacar adelante. Al final, el 29 de noviembre vamos a las urnas, pero el ejército de confianza ya tiene su búnker blindado con 71 millones de euros.
Madrid tiene ahora su propio parque acuático, aunque sin socorristas y con un toque de vandalismo barroco. En la Puerta del Sol, la fuente de Carlos III ha dejado de ser un monumento histórico para convertirse en el jacuzzi particular de una acampada que se cree en Benidorm. Mientras el ciudadano medio lucha contra la inflación y mira la cuenta bancaria antes de comprar un kilo de tomates, algunos han decidido que el patrimonio público es el sitio ideal para desplegar colchonetas hinchables y sillas de camping, transformando el estanque en una piscina improvisada donde el baño es gratis y el respeto, inexistente. La ironía es deliciosa: pancartas que claman «gente sin casa, casas sin gente» conviven con el grafiti «Tourist go home» pintado en negro sobre la piedra del pedestal. Un despliegue de coherencia digno de un premio. Desde el 26 de septiembre, más de 2.000 tiendas han colonizado la plaza y la calle del Arenal, incluyendo una carpa dedicada, con una generosidad admirable, a enseñar el arte de okupar viviendas. Entre tanto, el juego de sillas musicales políticas sigue su curso. Isabel Díaz Ayuso y su equipo han dado 48 horas a la Delegación del Gobierno para limpiar el desastre, pero Francisco Martín ha preferido el modo 'zen', calificando la protesta de pacífica mientras la basura se acumula y los robos nocturnos son el pan de cada día. El Tribunal Superior de Justicia de Madrid dijo que no al desalojo el 5 de octubre, pero la Comunidad, vía Miguel Ángel García Martín y Jorge Rodrigo, ya prepara el recurso de reposición. Incluso Metro ha avisado que la plaza es ahora un cuello de botella peligroso para las emergencias. En resumen: el patrimonio se baña, el comercio sufre y la justicia mira desde la barrera mientras Carlos III, desde su caballo, se pregunta en qué momento su fuente se volvió un club de verano.
La historia es un círculo vicioso, o quizás un juego de espejos donde la memoria tiene un borrador muy selectivo. Resulta que Mateo Pérez-Castejón Díaz, el abuelo materno de Pedro Sánchez, no solo tuvo una trayectoria militar digna de un guion de suspense —pasando de ser un 'desertor' del Ejército republicano en Teruel a lucir la Medalla de la Campaña y dos Cruces Rojas del Mérito Militar como legionario de la XV Bandera del bando nacional—, sino que terminó sus días disfrutando de los beneficios del sistema que hoy su nieto intenta desmantelar con leyes de memoria. Según el certificado de defunción, Mateo exhaló su último suspiro el 7 de noviembre de 1973 en la Ciudad Sanitaria Francisco Franco. Pero el detalle jugoso no es dónde murió, sino dónde dormía. Su último domicilio estaba en la calle Arroyo Fontarrón, en Moratalaz, un bloque de viviendas protegidas levantado en 1970 por el Instituto Nacional de la Vivienda (INV). Para los que no recuerden, el INV era la joya de la corona del régimen franquista para el control social y la vivienda obrera. Básicamente, mientras el relato oficial del PSOE nos vende una lucha épica contra la dictadura, el abuelo del jefe del Gobierno vivía en un piso que era, literalmente, un regalo arquitectónico del régimen, diseñado por Enrique García-Ormaechea y marcado con el yugo y las flechas de Falange. La trama se vuelve aún más surrealista con el bisabuelo, Juan Bautista Pérez-Castejón, un Guardia Civil que, tras matar a un compañero al salir del retrete y saltarse una condena de más de 14 años, decidió que cambiar el apellido era la mejor estrategia de marketing para despistar a la policía. Una ingeniería familiar que duró décadas hasta que, en 2001, la familia decidió que ya era seguro recuperar el 'Castejón'. Irónico que el actual presidente mencione la procedencia murciana de su abuelo en sus mítines, pero guarde el currículum legionario y el piso del INV en el cajón de los secretos.
Hay que tener una flexibilidad moral envidiable para liderar la narrativa del 'drama habitacional' mientras se coleccionan llaves como quien junta cromos del Mundial. José Manuel Caballero, vicepresidente segundo de Castilla-La Mancha, se ha convertido en el ejemplo vivo de la 'solidaridad inmobiliaria': advierte a los jóvenes que no pueden emanciparse mientras él se asegura un flujo mensual de 3.755,89 euros solo por alquilar sus propiedades. Es el clásico caso de quien predica el ayuno mientras se cena langosta en el reservado. Su portfolio es una joya de la diversificación. Cinco viviendas, un inmueble misterioso en Madrid y una parcela, todos al 100 %. Mientras el ciudadano medio hace malabares con la cuenta corriente para pagar el alquiler, Caballero ha ingresado 45.070 euros por arrendamientos en 2025. Si sumamos sus sueldos de la Junta (87.556 euros) y las Cortes regionales (18.757 euros), más unos intereses bancarios de 1.773,10 euros, el hombre cierra el año con un ingreso total de 153.156 euros. Traducido al lenguaje de la calle: el vicepresidente se mete en el bolsillo más de 12.700 euros al mes, una cifra que hace que cualquier hipoteca parezca un juego de niños. Lo más fascinante es el 'timing' ético. En 2015, mientras hablaba del sufrimiento de quienes perdían sus casas, Caballero aprovechaba para comprar un inmueble de 103 metros en Madrid. Un movimiento maestro de inversión. Según datos de Idealista, su imperio de ladrillo en Madrid, Toledo y Ciudad Real ronda los 1,66 millones de euros. El señor, que en 2011 llamaba al impuesto sobre el patrimonio el tributo de 'los más ricos', ahora paga 1.092,78 euros por dicho concepto. Parece que, con el tiempo, el vicepresidente ha terminado por encajar perfectamente en la definición que él mismo dio de la riqueza.
Imagínate vivir en un pueblo donde hay más gente decidiendo el futuro del municipio desde un sofá en Buenos Aires o Miami que vecinos reales que saludan al panadero cada mañana. No es una distopía, es la realidad de 161 municipios españoles que han pasado de ser 'España vaciada' a ser 'España telecomandada'. La Ley de Memoria Democrática, esa joya de la Moncloa conocida como la 'Ley de Nietos', ha inflado el censo exterior hasta niveles surrealistas. En Ventrosa (La Rioja), la cosa es casi cómica: el 86,8% de los votantes están fuera, con 296 electores en el extranjero frente a unos humildes 45 que pisan el pueblo. Es como si en una comunidad de vecinos de diez personas, decidieran el color de la fachada otros ochenta que nunca han pagado una cuota de mantenimiento. El mapa del 'sablazo' electoral es claro. Salamanca lidera el ranking con 28 municipios afectados, seguida de La Rioja (20), Ourense (17), Soria (15), Burgos (11) y Ávila (10). En Valdeprado (Soria), el desequilibrio es sangrante: ocho habitantes reales frente a 38 electores en el exterior. Mientras el vecino de turno lucha contra el cierre del consultorio, el CERA (Censo Electoral de Residentes Ausentes) se convierte en el verdadero dueño del tablero. Vox, que ha montado una web para rastrear este 'pucherazo' demográfico, ha logrado que el Tribunal Supremo meta el freno de mano. De los 600.684 nacionalizados, miles quedan fuera de las elecciones del 29 de noviembre si no acreditan el exilio. La pelea es pura aritmética política: en Salamanca al PSOE le faltaron 1.495 votos en 2023 para sumar un escaño, pero la Ley de Nietos ha inyectado 4.910 nuevos electores exteriores. Un colchón más que generoso para quien sabe sumar y restar en el censo.
Hay una danza de favores en el despacho de los abogados que ya huele a naftalina y a conveniencia política. El Centro de Descendientes de Españoles Unidos (CeDEU), ese lobby argentino que se mueve con la agilidad de un tiburón en aguas cetáceas, ha fichado a Eduardo Ranz para pelear ante el Tribunal Supremo. El objetivo es sencillo: que los 'nietos del exilio' puedan votar en las generales del 29-N, saltándose la cautelar que les pide demostrar que sus abuelos huyeron por razones políticas entre el 18 de julio de 1936 y el 28 de diciembre de 1978. No es un trámite cualquiera; es intentar abrir la persiana del censo electoral justo a tiempo para las urnas. La elección de Ranz no es casual. Estamos hablando de un hombre que no solo escribió 'No Matarás', sino que tiene el currículum blindado en Memoria Histórica: fue asesor de Dolores Delgado y presume de más de 500 procesos contra la simbología franquista. Es el cirujano perfecto para esta operación. Pero lo verdaderamente cómico, lo que te hace soltar una carcajada mientras pagas la hipoteca, es el caso de Juan Manuel de Hoz. El portavoz de CeDEU hizo un 'combo' de eficiencia administrativa digno de un récord: consiguió la nacionalidad española por la Ley de Memoria Democrática y, casi sin dejar que la tinta del BOE se secara el 20 de octubre de 2022, se afilió al PSOE el 1 de diciembre de ese mismo año. Es una coreografía perfecta. Primero te dan el pasaporte gracias a una ley aprobada por el Gobierno en 2022, y luego te pones la camiseta del partido que la redactó. Mientras el ciudadano medio espera meses por una cita en el consulado, aquí la nacionalidad y la militancia parecen venir en el mismo pack de bienvenida. El altruismo que pregona CeDEU suena, en este contexto, a música de ascensor: agradable, pero diseñada para que no notes que no te mueves de sitio.
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Margarita Caballero