Silfio: el afrodisíaco que se perdió
El silfio, esa hierba que los romanos guardaban como si fuera oro, se convirtió en la primera “píldora” de anticoncepción y afrodisíaco antes de que la civilización la devorara. Se dice que Julio César, con la misma vanidad que un coleccionista de carteras de la moda, guardaba más de media tonelada de esta planta en las arcas del tesoro público junto al oro y la plata. Si le preguntan a cualquier historiador, le dirán que el silfio era la base de la economía de Cirene, la actual Libia, y que su resina, llamada laser o laserpicium, era como un multivitamínico de la antigüedad: curaba garganta, indigestión y, lo más importante, controlaba la fertilidad.
Los textos de Plinio el Viejo, que combinaba su rol de militar con el de escritor, describían la planta como “un medicamento milagroso” que, cuando se disolvía en agua, provocaba la menstruación –el eufemismo médico para abortar temprano–. Sorano de Éfeso, en su tratado de ginecología del siglo I‑II d.C., recomendaba una cucharada de semilla, del tamaño de un garbanzo, cada mes para “provocar la menstruación”.
El silfio también era el condimento que hacía que el puré de lentejas fuese un plato de lujo, y, según la leyenda, las semillas, con forma de corazón, se grababan en las monedas cirenaicas, dando origen al símbolo del amor que usamos hoy. Pero la propia demanda que impulsó su popularidad también fue su perdición. Creciendo de forma silvestre en una franja costera de Libia, la planta no se podía cultivar; los intentos de siembra en otros lugares fracasaron. La codicia y el exceso de pastoreo, la desertificación y el aumento del comercio mediterráneo acabaron con el silfio en el siglo I, aunque pudo usarse localmente hasta el V. Plinio relataba con tristeza que en su tiempo solo se encontró un tallo, enviado al emperador Nerón como curiosidad botánica.
La historia parece estar sobre la cuerda floja entre mito y realidad. Un estudio reciente del profesor Mahmut Miski identificó en Anatolia, Turquía, una especie llamada *Ferula drudeana* con hojas y semillas que coinciden casi exactamente con las descripciones del silfio. Sus análisis químicos revelan compuestos antiinflamatorios y afrodisíacos, pero no hay pruebas arqueológicas de que sea la misma planta. Si lo fuera, sería el primer caso de “falsa extinción”, donde la especie sobrevivió en refugios discretos y la humanidad se quedó con la leyenda.
En definitiva, el silfio fue el primer “anticonceptivo” que se convirtió en un símbolo de poder y deseo, y su desaparición sirve como advertencia: la codicia ilimitada puede devorar incluso los tesoros más antiguos.
Mario Herrera