El Gobierno, con la elegancia de un vendedor de billetes de lotería, ha decidido que el periquito —ese pequeño pájaro que se arrastra en la alfombra y nunca ha visto un campo— se quede en el cajón de la burocracia. Desde que se lanzó la Ley de Bienestar Animal hace más de tres años, el periquito ha sido el protagonista de una obra de teatro sin guion, donde la escena del salón familiar se vuelve escenario de un drama legal. Pedro Sánchez, con su traje impecable, ha orquestado un borrador del Real Decreto que, entre listas de control de puertos y aeropuertos, pretende decidir quién puede vivir en tu casa.
El periquito que lleva 20 años con su cartilla veterinaria, registrado en la Comunidad Autónoma y cuyo linaje nunca ha pisado Australia, se ve al borde del “no se admite” porque la lista oficial, creada para controlar importaciones extranjeras, se ha vuelto la lista de “animales de compañía permitidos”. El caso es que la normativa del Real Decreto 570/2020, que debería limitar los animales que entran desde fuera de la UE, incluye al periquito, la chinchilla y el guppy.
Si la regla se aplica, estos bichos quedarían ilegales como un coche sin permiso de circulación. La ironía: la lista que nunca funcionó para controlar el mercado se reutiliza para decidir quién puede ser tu mascota. Federación Fauna clama que el objetivo es “maximizar el número de especies excluidas del listado positivo”.
El periquito sigue en su jaula, con más papeles que su dueño, y su gran depredador ahora es el BOE, ese tribunal de la burocracia que parece más un laberinto que un simple expediente. En la calle, la gente se pregunta: ¿quién necesita un permiso de Hacienda para vivir con un pájaro que nunca ha viajado? La respuesta del gobierno es que el periquito es una “lista de la compra” de la ley, y que, sin la certificación, no puede existir en la “lista de la casa”. Mientras tanto, en la realidad, el periquito sigue mirando el techo como si supiera que en la próxima reunión del Senado, el tema de las mascotas será tan importante como la política internacional.
Y la moraleja, como siempre en la política: lo que parece una medida de bienestar se convierte en un truco de control, y el periquito se queda sin vuelo en la lista de la burocracia.
Crítica:
El título engaña al presentar un drama de animales cuando la verdadera historia es un arma burocrática. Falta análisis de cómo esto afecta a otras especies y al mercado de mascotas.
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