Mossos en clase: el Govern juega a policía en el cole
El Govern catalán ha convertido los institutos en un campo de pruebas para su particular versión de Gran Hermano: mientras los profesores negocian su salario con huelgas épicas (17 días entre mayo y abril, porque claro, ¿qué es la educación si no un reality de supervivencia?), la Generalitat decide que los Mossos d’Esquadra hagan de tutores de refuerzo en los centros más conflictivos. El plan, anunciado el pasado Sant Jordi con el entusiasmo de quien lanza un globo de helio en una manifestación, consistía en que agentes de paisano —vestidos como si hubieran salido de un escape room de los 90— hicieran de mediadores. Pero, como suele pasar cuando mezclas educación y uniformes, el resultado ha sido más tinder que taller de convivencia.
El piloto, puesto en marcha en 14 institutos, ya ha dejado a ocho de ellos en stand by. ¿Motivo? Que los claustros votaron con los pies (o con la boleta de rechazo). Los sindicatos, que no pierden oportunidad para recordarle al Govern que su prioridad debería ser pagarles un sueldo digno —no hacer de security en las aulas—, lo calificaron de “insulto”. Y no les falta razón: ¿qué profesor va a sentir que su espacio es seguro si el back-up son agentes que podrían acabar deteniendo a un alumno por llevar el pelo teñido de azul? Illa, el conseller de Educación, intentó venderlo como una medida “opcional” y “demandada” por los centros, pero la realidad es que sonaba más a “si no hay profes, ponemos Mossos” que a “vamos a mejorar el clima escolar”. Peor aún: Núria Parlon, la consellera de Interior, aseguró que el plan funcionó en Gerona, pero cuando le preguntaron por las deserciones, respondió con un “no tengo cifras” que olía más a papel mojado que a transparencia.
Pero el clímax llegó este miércoles, cuando el sindicato CGT destapó que dos Mossos se infiltraron en una asamblea de profesores fingiendo ser docentes. La excusa oficial: “valorar amenazas”. Traducción callejera: “como no sabíamos qué hacer con los agentes, les dijimos que se hicieran pasar por lo que no son”. La oposición, que huele sangre política, ya pide la dimisión de Josep Lluís Trapero (el director general de los Mossos, apodado “el traidor” por los independentistas) y la comparecencia de Jordi Niubó, el presidente del Govern. Illa, por su parte, salió del paso con un “yo no sabía nada” que suena a “yo no firmé el cheque, pero el banco ya me lo cargó”. Eso sí: confía “plenamente” en los Mossos, como quien confía en que el ascensor no se atascará… hasta que se atasca.
Lo irónico es que este show de desconfianza y torpeza llega en un momento en que el PSC y ERC se acusan mutuamente de ser “tibios” en el procés. Pues nada como meter policías en las aulas para demostrar que, al menos en esto, el Govern no tiene miedo a tomar decisiones. Aunque, claro, decisiones que parecen sacadas de un sketch de El Intermedio: profesores huelguistas, Mossos de paisano, asambleas infiltradas y un conseller que no sabe ni cuántos institutos han dicho “no gracias”. La educación en Cataluña ya era un juego de tronos antes de esto, pero ahora parece más bien un juego de las sillas musicales donde, si te quedas sin asiento, te multan por desobediencia.
Y mientras tanto, los alumnos, los verdaderos perjudicados, siguen atrapados en medio de un experimento social que huele a quema de archivos. Porque, al final, lo que el Govern no entiende es que la educación no se soluciona con más policía, sino con menos burocracia, más dinero y profes que no tengan que elegir entre dar clase o hacer control de daños. Pero, bueno, como dijo alguien: “en Cataluña, hasta los Mossos tienen que hacer colas para entrar en clase”.
Mario Herrera